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La asadura del muerto

Versión 1
INFORMANTE: Inmaculada Pérez (Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez

Dicen que una vez una madre mandó a su hija a la carnicería a comprar medio kilo de asadura. La niña, que se llamaba Mariquilla y que era muy juguetona, se entretuvo con las amigas y cuando se vino a dar cuenta ya le habían cerrado la carnicería. Entonces se acordó de que ese mismo día habían enterrado a un vecino y, sin pensárselo dos veces, Mariquilla se acercó al cementerio, le cogió las asaduras al muerto y se fue para su casa.
Su madre la estaba esperando muy nerviosa, así que cuando llegó la niña, cogió las asaduras, las arregló y preparó la cena sin darse cuenta de lo que tenía entre manos. Cuando se acostaron, la niña empezó a sentir voces raras:
-Mariquilla, jura, jura, ¿por qué te comiste mis asaúras?
La niña llamó a su madre y se lo dijo y se tuvo que acostar con ella del susto que tenían las dos. Al ratito, vuelven a escuchar:
-Mariquilla, jura, jura, ¿por qué te comiste mis asaúras?
-Ay, mamaíta mía, ¿quién será?
-No te preocupes, hija, que quien sea ya se irá.
Pero la voz no se iba y cada vez se escuchaba más cerca.
-No me voy, que acercándome a tu cuarto estoy.
Y volvía a preguntar:
-Mariquilla, jura, jura, ¿por qué te comiste mis asaúras?
Y la niña:
-Ay, mamaíta mía, ¿quién será?
-No te preocupes, hija, que quien sea ya se irá.
Y la voz:
-No me voy, que entrando en tu cuarto estoy.
Y otra vez:
-Mariquilla, jura, jura, ¿por qué te comiste mis asaúras?
-Ay, mamaíta mía, ¿quién será?
-No te preocupes, hija, que quien sea ya se irá.
Y en ese momento, la niña escuchó un grito en su oído que decía:
-¡¡No me voy, que encima de ti estoy!!
[En este momento, el narrador se abalanza sobre su auditorio dándoles un gran susto].


Versión 2
INFORMANTE: María Victoria García Mora (Medina Sidonia, Cádiz)
RECOGIDO POR: Maribel Candón

Había una vez una niña que se llamaba María, era muy obediente y responsable ayudando a su madre en las tareas de la casa.
Un día que su madre se dispuso hacer la comida, se dio cuenta que no tenía los ingredientes necesarios para hacerla: le faltaban las asaduras y el corazón para hacer un cocido. Llamó a María y la mandó al mercado, pero el carnicero le dijo que no tenía.
María entristeció y como no quería llegar a su casa sin el recado se le ocurrió ir al cementerio y robar en la sepultura de un muerto las asaduras y el corazón.
Llegó a su casa, su madre preparó la comida, comieron, y cuando llegó la noche se fueron a la cama. A eso de media noche oyeron unos ruidos que despertaron a María. De repente se oyó un golpe en la puerta, llamando.
-Tan, tan, tan…
María respondió con miedo:
-¿Quién es?
-Soy yo, María, devuélveme las asaduras que me robaste de mi sepultura.
María salió corriendo muerta de miedo y se metió en la cama con su madre diciendo:
-¡Ay, madrecita mía, mía, mía! ¿Quién será?
-Cállate, retontona, tona, tona, que ya se irá.
Y se oía una voz que decía:
-¡No me voy, que entrando por la puerta estoy!
Y cada vez se acercaba más a la niña hasta que al final dice el difunto:
-¡No me voy, que arrancándote los pelos estoy!

Blancaflor, la hija del diablo
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