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Juan el pescador

INFORMANTE: Marita Redondo Molina (Albox, Almería). RECOGIDO POR: Santiago Álvarez Pérez.

Cuento ganador del certamen ¿Qué te cuentan los mayores? organizado por WebLitOral en colaboración con Editorial Kalandraka y Dinan Informática

ESTE TEXTO TIENE SU HISTORIA (ver al final de cuento)

Había una vez un matrimonio muy bueno que vivía en un pueblecito muy pequeño cerca del mar. Tenían solamente un hijo, que era ya un mozo fuerte y guapo, y el padre, que se llamaba Juan, era pescador.
Todas las mañanas se levantaba temprano, cogía su caña de pescar y su cesto y se marchaba al puerto. Siempre pescaba en el mismo lugar. Después de varias horas, cuando ya había reunido suficiente pescado, marchaba al pueblo. Allí lo vendía y con el dinero que sacaba, su mujer compraba todo lo que la familia necesitaba ese día.
Una mañana, Juan llegó al lugar donde siempre se colocaba, echó su anzuelo al agua y notó que habían mordido. Tiró y tiró de la caña, pero era imposible sacarla, pesaba muchísimo. Casi que iba a soltarla, pues no podía más, hasta que en un último tirón arrastró un pez tremendo. Juan no había visto nunca nada igual, por poco se muere del susto. Pero no acabó así todo, aquel pez comenzó a hablar y le dijo:
-Juan, déjame y serás rico.
Juan estaba tan impresionado que lo soltó inmediatamente y se dio buena prisa para volver a su casa.
Cuando llegó, su mujer le dijo:
-Juan, ¿has traído el dinero para hacer la compra?
Juan contestó:
-No mujer. No he podido seguir pescando.
Y le contó todo lo que le había sucedido.
Pero su mujer no se lo creyó y le increpó diciendo:
-De bueno que eres pareces tonto. Alguien ha querido burlarse de ti y ya ves, nos hemos quedado hoy sin comida.
Juan le contestó:
-Bueno mujer, no te pongas así, algo habrá sobrado de ayer y nos lo comeremos hoy.
Y así quedó todo. Pero Juan no pudo dormir en toda la noche.
A la mañana siguiente, bien tempranico, ya estaba otra vez con su caña intentando recuperarse de lo poco que había pescado el día anterior.
Al momento, otra vez la misma situación. La caña pesaba y pesaba y al final sacó el mismo pez que hablaba y que volvió a decirle:
-Juan, déjame y serás rico.
Juan le contestó entonces:
-Eso es una gran mentira, soy tan pobre como era.
Pero le dio lástima y lo volvió a soltar. Y le dijo mientras lo soltaba:
-¡Vete de aquí a engañar a otra persona!
Cuando llegó a su casa, le contó a su mujer lo que le había sucedido y ella se entristeció mucho porque ya casi no había nada que echarse a la boca.
Al tercer día, iba diciéndose por el camino:
-Esta vez, si vuelve a salir el maldito pez, me lo llevaré a mi casa, no me dejaré convencer.
Pero fueron inútiles todos los propósitos que se hizo. El pez volvió a salir y a decirle:
-Juan, suéltame y serás rico.
Otra vez se le encogió el corazón y lo dejó marchar y se fue pensando que jamás volvería a pescar a ese lugar: “Me buscaré otro sitio para pescar y olvidaré a ese latoso y mentiroso pez”.
Pero no sabía que le iba a decir su mujer. Ni tampoco sabía qué comerían, pues llevaba tres días sin traer dinero a casa.
Cuando abrió la puerta, su mujer y su hijo salieron a recibirlo con cara de asombro. Le explicaron que unos hombres con cara tapada habían llevado aquella mañana más de cien sacos llenos de no sabían que, y que repetían que eran para él.
-¿Para mí? –dijo Juan asombrado.
-Si –contestó la esposa-, decían que eran para Juan “el pescaor”.
-Qué extraño –dijo Juan.
-¿Has visto lo que contienen los sacos?
-No, pero podríamos abrir alguno - replicó la esposa.
Con sumo cuidado, Juan, su esposa y su hijo fueron abriendo todos aquellos sacos y cada vez su asombro iba en aumento. ¡Todos ellos estaban llenos de monedas de oro!
-¡Son monedas de oro, monedas de oro! –no paraban de gritar.
Sin saber por qué habían llegado hasta su humilde casa.
Pero Juanico, que así se llamaba el hijo, pensó y dijo:
-Padre, ¿no dices que el pez que has pescado te ha dicho todas las veces: Suéltame y serás rico?
-¡Es cierto, ha sido el pez! - exclamó Juan -. Esposa mía, tengo que ir al puerto. Pero esta vez solamente será para darle las gracias al pez por esta enorme riqueza que, al parecer, nos ha regalado.
Llegó Juan al lugar donde siempre pescaba y comenzó a gritar para que el pez saliera. Al poco, asomó su enorme y oscura cabeza por entre las olas.
Juan quiso mostrarle su gratitud por tanta generosidad que había tenido con él, cuando de repente la voz del pez se dejó oír muy fuerte.
-No vayas tan deprisa, todas esas monedas desaparecerán de tu casa en pocos segundos, si a cambio no me traes aquí, a este lugar, a tu Juanico.
-¿A mi Juanico? ¡Tú estás loco! ¿Para qué quieres tú a mi Juanico?
-Me lo llevaré a un viaje y después te lo devolveré. No le ocurrirá nada. De esa manera, las monedas serán tuyas para siempre.
-¿Sabes qué te digo? ¡Que no las quiero! Mi Juanico no se irá nunca contigo. ¡Puedes llevártelas! –dijo Juan, y se marchó bastante contrariado con el macabro pez y pensando “¿por qué me habrán ocurrido a mí todas estas cosas tan raras?”
Al fin, contó a su esposa las condiciones tan malas que les habían dado para ser los dueños de todas esas riquezas.
La esposa, igual que él, inmediatamente dijo que se llevaran todas las monedas, que quería seguir siendo pobre y tener siempre a su Juanico con ellos.
Pero Juanico, que les estaba escuchando, les dijo que él se iría con el pez a ese viaje, pero las monedas nunca jamás saldrían de su casa.
La madre lloraba. El padre intentó convencerle de todas las maneras, pero él seguía diciendo que se iría y que después volvería.
-Madre, ningún pez podrá conmigo. Te lo juro.
Juanico estaba decidido a que nadie le arrebatara el gran regalo que su padre había recibido.
Se pusieron en camino y, mientras, Juanico le dijo a su padre:
-Padre, cuando yo me vaya, da a todos los vecinos del pueblo una buena bolsa llena de monedas, para que todos vivan felices; y después, usa otro montón de ellas en mejorar el pueblo. Quiero que sea el más bonito de toda la comarca.
Así fue como llegaron los tres al lugar por donde el pez aparecía. Era un lugar solitario del viejo puerto de aquel pequeño pueblo.
Pronto escucharon un ruido enorme y observaron cómo, a toda velocidad, se acercaba un barco grande, grandísimo, todo pintado de negro. Se aproximó a la orilla y la voz del pez se oyó salir fuerte desde el barco, diciendo:
-Que suba Juanico.
Juanico cogió su maleta, subió y se despidió de sus padres, saludándoles con una gran sonrisa.
El barco negro desapareció en el mar en pocos minutos con la misma rapidez que había llegado.
Juanico, sin ver a nadie, entró en uno de los pasillos que tenía el barco. Al instante se apagó una pequeña luz que había al fondo del pasillo. Todo quedó a oscuras. Nada se veía. Y otra vez la voz del pez dijo:
-Juan, empuja esa puerta y entra en tu habitación. Tienes una cama, una mesa, una silla y un armario con ropa para ti. Mientras estés en mi barco no hablarás con nadie, ni habrá para ti un hilo de luz.
A Juanico no le daba miedo la oscuridad, ni tampoco las tormentas porque desde pequeño acostumbraba a acompañar a su padre cuando pescaba en una pequeña barca que tenían.
No podía ver nada. Contaba los días que llevaba encerrado porque cada mañana, antes de que despertara, llenaban su mesa de suculenta comida.
Había contado ya 365 comidas y dijo para si mismo: “Ta llevo un año en este misterioso barco”. Estando en este pensamiento se oyó la odiosa voz del pez:
-Juan, navegamos por tu pueblo. Si quieres te daré tres días de permiso para que bajes y puedas estar con tus padres.
-¡Oh, sí! ¡Sí, señor pez! – replicó Juanico entusiasmado.
Llegaron al puerto y salió del barco. Se encaminó a su pueblo y cuando estaba a punto de llegar, quedó asombrado. “¿Se habrá equivocado el pez de puerto? Este no parece mi pueblo. Es todo nuevo y está lleno de jardines con flores por todas partes. Ya no sé ni dónde está mi casa”, se dijo el muchacho, “preguntaré a aquella señora”:
-Señora, por favor, ¿puede decirme dónde está la casa de Juan el Pescaor?
-Pero qué dices muchacho. Ya no le llaman así, si alguien te oye seguro que te llevarán preso –contestó la señora.
-Pues, ¿cómo le llaman ahora?
-Se llama Don Juan el del pescado, y vive donde mismo vivía, pero en una casa mucho más bonita. Ahora es el alcalde. Todos le debemos mucho a él y a su hijo.
Al fin llegó hasta la puerta de su casa. Llamó y un criado salió a abrir. Al verlo le preguntó si era un mendigo, por el mal aspecto que tenía, el pelo largo, barba y los ojos enrojecidos de tanta oscuridad.
-No soy un mendigo – respondió Juanico -, soy el único hijo del señor alcalde.
El criado subió unas escaleras corriendo, para dar a sus amos la noticia. Oyó, desde la entrada, personas que corrían. Asomaron sus padres y tan nerviosos estaban que estuvieron a punto de caer rodando por las escaleras.
No os podéis imaginar la emoción de todo el pueblo. La gente estaba entusiasmada con la llegada del hijo del pescador que se había sacrificado para que todos fueran felices. Hubo fuegos artificiales y comida y bebida para todo el mundo.
Cuando pasaron tres días, Juanico tuvo que darles a sus padres la mala noticia, tenía que volver al barco, porque si no, el pez haría desaparecer todas las monedas que aún les quedaban.
El pueblo entero acompañó a la familia al lugar donde tomaría de nuevo el barco, y sucedió de la misma manera que la vez anterior.
Pero esta vez el muchacho entró en su cuarto oscuro llevando en el bolsillo una caja de cerillas. Él le había contado a su madre, la noche anterior, que creía que alguien dormía en la habitación contigua a la suya en el barco, porque muchas veces le pareció oír respirar y llorar, y su madre le entregó las cerillas para que lo comprobara.
Cuando sospechó que podía ser medianoche, empujó una puerta que había cerca de la suya. Esta cedió y penetró en la estancia. Sacó las cerillas y encendió una para ver dónde estaba. Había una cama y en ella una joven bellísima. Dormía profundamente y era tan bonita que quedó perplejo mirándola.
En unos segundos la cabecita de la cerilla cayó sobre la cara de la joven y ocurrió algo terrible. Se oyó un ruido tremendo y luego el barco explotó por todas partes.
Todo salió por los aires a mucha distancia. También Juanico se vio volando y cuando despertó, se encontró subido en un árbol en medio de un gran campo.
-¡Dios mío! ¡De buena me he escapado! ¿Qué habrá sido de aquella joven tan bella? ¡Espero que el pez haya desaparecido para siempre!
Cuando se disponía a bajar del árbol, observó que no estaba solo. Debajo había un asno muerto y al lado se encontraban unos feroces animales que hablaban entre sí y se disputaban la presa.
Un león que decía:
-Yo soy el rey de la selva y es para mí.
Un águila que respondía:
-Yo soy la reina del cielo y también lo quiero.
Y una serpiente de cascabel, que también peleaba por el asno. Y hasta una hormiguita, que parecía amiga de todos.
El muchacho pensó: “Si me bajo del árbol estos me devorarán. ¿Cómo haré para emprender mi camino?”. Y entonces se le ocurrió una idea.
Se dirigió desde lo alto a ellos:
-¿Queréis que baje y yo os reparta el botín como buenos amigos?
-Los humanos son más inteligentes que nosotros – dijo el león -. Baja, no te haremos daño.
Juanico recordó que llevaba una navajita en el bolsillo, bajó un poco tembloroso y empezó su trabajo.
-Estas dos patas para ti, león. Estas otras dos para ti, águila. El cuerpo para la serpiente y así podrás rodearlo. Y para la hormiguita la cabeza, que te servirá de morada.
El león muy contento se arrancó un pelo de su dorada cabellera y se lo dio al joven.
-Toma. Cuando digas “Dios y león” te volverás un león.
Luego el águila se dio un fuerte tirón de una pluma y se la dio también diciendo:
-Cuando digas “Dios y águila” te volverás un águila.
La serpiente se arrancó su cascabel y se lo dio a Juanico:
-Cuando digas “Dios y serpiente” te convertirás en serpiente.
Por último la hormiguita le dijo:
-Yo me arrancaré una patita. Como tengo más no voy a quedarme coja, y cuando digas “Dios y hormiga” te convertirás en una hormiga.
Juanico se despidió de sus nuevos amigos y emprendió su camino. No se veía ninguna persona, era un lugar extraño.
Ya iba llegando la noche y tenía hambre y sed. Cuando, de pronto, a lo lejos divisó una granja. Corrió hacia allí y llamó a la puerta. Al poco salió el granjero, que se alegró mucho de verlo. Le hizo entrar y le dio agua y comida.
-Señor granjero, me gustaría trabajar con usted hasta que pueda encontrar dónde está mi pueblo.
El granjero contestó:
-Tu pueblo debe de estar detrás de aquellas montañas. Allí hay muchos pueblos y está el mar y los barcos. Pero antes de que te vayas quisiera que me hicieras un gran favor.
-Le ayudaré con mucho gusto, señor granjero. ¿Qué debo hacer? – preguntó Juanico.
-Mira, es que hace varios días ocurre en mi casa algo terrible. Traigo mi ganado del campo. Lo encierro en el corral con llave. Estoy vigilando y no veo a nadie entrar donde están mis ovejas, ni personas, ni animales. Pero, por la mañana las cuento y me falta una. ¡Ya han desaparecido siete! ¡Estoy desesperado!
-Señor, yo vigilaré esta noche. Vaya a dormir tranquilo – se ofreció Juanico.
Juanico se acomodó delante de la puerta del corral, dispuesto a pasar allí la noche, para ver si descubría al ladrón de las ovejas.
Cuando transcurrieron dos o tres horas oyó un ruido grande dentro, parecía que las ovejas corrían de un lado para otro. Quiso entrar, pero había olvidado pedir la llave al granjero.
De repente se acordó de aquellos animales a los que había repartido el asno muerto.
Sacó la patita de la hormiga y dijo:
-¡Dios y hormiga!
Y se convirtió en hormiga.
Pasó por debajo de la puerta y allí pudo ver que un lobo muy grande corría detrás de las ovejas.
Sacó el pelo del león y dijo:
-¡Dios y león!
Al momento Juanico era un tremendo león que luchó contra el lobo. Lo hirió con su zarpa y el lobo se convirtió en un huevo que rodó y se escondió entre unas piedras.
Juan sacó el cascabel y dijo:
-¡Dios y serpiente!
Se convirtió en serpiente y recobró el huevo. Pero, se le cayó al suelo y al romperse se convirtió en una paloma que salió volando.
Por última vez, Juanico con la pluma del águila y diciendo “¡Dios y águila!” se convirtió en águila y alcanzó la paloma.
Cuando la tenía en las manos decidió soltarla, porque estaba temblando de miedo.
Al ponerla en el suelo ocurrió algo asombroso, la palomita blanca se fue poco a poco volviendo la joven que había visto dormida en el barco.
Cuando Juanico consiguió serenarse preguntó a la joven porqué estaba en el barco. Ella le contó que también su padre era pescador y el pez se la había llevado a navegar por todo el mundo para siempre, pero, que una vez muerto el pez y gracias a él, a ella se le había acabado el encantamiento. Podrían volver contentos con sus familias.
El dueño de la granja, muy agradecido, les preparó una bolsa con comida y agua y a la mañana siguiente emprendieron el camino hacia las montañas.
Cuando llegaron a la cima, quedaron encantados. Allí estaban los pueblos de Juanico y su amiga.
Primero fueron a casa de Juanico, que los recibieron con la misma alegría que en el primer viaje y después acompañaron a la joven a su casa.
Dicen que, cuando pasó un poco de tiempo, Juanico y la joven, que ya estaban enamorados, se unieron en matrimonio y cuentan que todos fueron siempre muy felices.

ESTE CUENTO TIENE SU HISTORIA

ENVIADO POR Santiago Álvarez Pérez (Vera, Almería)

Este cuento se lo contaba a mi abuela y a sus hermanos su padre (que es mi bisabuelo).
Mi bisabuelo, de niño, vivía en un pueblo muy pequeño y muy bonito, casi entero rodeado por el río Almanzora y por eso se llama Armuña del Almanzora.
Allí tenían un maestro que era conocido con el nombre de “Maestro Arenas” y cuando llegaba el verano, a pesar de ser tiempo de vacaciones, contaba todas las noches un cuento en un lugar del centro del pueblo donde la gente se reunía para hablar de sus cosas o para estar fresquitos en verano y tomar el sol en invierno. Se llama ese lugar “El Mentidero”.
Mi bisabuelo decía a su madre: mamá date prisa en darme la cena y la leche porque esta noche le toca al maestro contar “Juan el Pescaor” y no quiero perderme nada, porque es mi cuento favorito.
Lo escuchaban los niños y niñas, los hombres y las mujeres.
Mi abuela también dice que si su padre viviera (mi bisabuelo) tendría ahora ciento dos años.


 

Juan el pescador
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