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Retahílas, las palabras ocultas del folclore infantil

por María Jesús Ruiz

En plena desintegración de las estructuras tradicionales que durante siglos han marcado la dinámica de la sociedad occidental, una pequeña y frondosa parcela del folklore hispánico –la de los niños- da todavía cuenta de hasta qué punto tiene sentido reconocernos como individuos en la memoria colectiva heredada. Este breve informe procura avisar de la pérdida de nuestro imaginario infantil, al que estamos aún a tiempo de revitalizar para, así, entregar algo de verdadero valor a los que nos siguen.

Los niños expresan su sentir poético de la realidad a través de dos géneros esenciales: la retahíla y la canción. La segunda es la fórmula más próxima al mundo adulto; de hecho, una buena parte de las canciones utilizadas por los niños para sus juegos (de corro, de comba...) son una importación directa del repertorio de sus mayores, al que adecuan a la función lúdica mediante determinados mecanismos. Centrémonos en la retahíla, la forma que más individualiza al folklore infantil.

Las retahílas son esas pequeñas piezas poéticas en las que se adivina que la percepción del mundo que tienen los niños dista un abismo de la nuestra: versos “incomprensibles” para un adulto, porque no se organizan en torno a un significado simbólico, sino que lo hacen buscando el ritmo, el gesto, la libre asociación fónica, convirtiéndose así en juguetes orales al servicio de esa comprensión diferente de la realidad. La retahíla es universal y parece tener sus correspondencias en cada cultura: las hispánicas son parientes directas, por ejemplo, de las comptines francesas, de las lengas lengas portuguesas, o de las filastroche italianas.

A poco que observemos, la retahíla se revela como un texto que, tras su “irracionalidad”, esconde la vinculación del mundo infantil con una serie de hitos folklóricos que la comunidad adulta dio por definitivamente perdidos hace mucho tiempo. De este modo, puede decirse que los niños conservan la confianza en el poder mágico de la palabra cuando, con ella, intentan controlar las fuerzas de la naturaleza (Que llueva, que llueva, / la Virgen de la Cueva...), o incluso exorcizar la enfermedad o la herida (Sana, sana, / culito de rana...). También mediante la retahíla los niños ensayan los roles que el futuro puede depararles (Inés, / cuántos hijos va a tener...) y, en un aprendizaje espontáneo, utilizan la retahíla para contar, enumerar, sumar, reconocer su cuerpo y desarrollar la agilidad mental.

Hay, con todo, un aspecto de la retahíla verdaderamente misterioso. Muchos de estos poemitas tienen la facultad de encerrar bajo las siete llaves del sinsentido significados ancestrales que, sin saberlo nosotros, nos informan como individuos de una cultura determinada. Me explico. Partamos de una retahíla enormemente difundida en el folklore infantil español, e igualmente popular en las comunidades sefardíes del Mediterráneo, la de Pipirigaña:

Pipirigaña,
mata la araña
con un cuchillito
bien afiladito.
¿Quién lo peló?
La pícara vieja
que está en el rincón.

retahílas1En un reciente y luminoso estudio, Ana Pelegrín [1] aclara –por la comparación de este tema con textos del Siglo de Oro y con versiones iconográficas de los mismos- que el personaje evocado de Pipirigaña es descendiente del Pez Pecigaña, una figura de comparsa carnavalesca emparentada con otros peces festivos, como la sardina y su entierro burlesco el miércoles de ceniza. Al mismo tiempo, la hazaña que se le atribuye al personaje (matar una araña) se documenta como chanza usual entre los siglos XVI y XVII, en comparaciones paródicas de escenas caballerescas con ridículos percances cotidianos, escena que resulta inevitable comparar con la que inicia la acción de un cuento folklórico de antigua raigambre: el de El sastrecillo valiente, coronado como príncipe tras la portentosa heroicidad de matar siete moscas de un golpe. En el mismo contexto del carnaval, la vieja que cierra los textos, agazapada en un rincón, figura luctuosa en contraste con la de Pipirigaña, remite sin duda a una representación de Doña Cuaresma.

Los ejemplos son innumerables, pero completemos este informe con algunos más. Las retahílas de asunto religioso son, en este sentido, francamente reveladoras. ¿Quién no conoce la oración de Las cuatro esquinitas?

Cuatro esquinitas
tiene mi cama,
cuatro angelitos
que me la guardan:
dos a los pies,
dos a la cabecera,
y la Virgen María,
mi compañera.

Lo que para el niño, en esta plegaria, es una candorosa imagen de angelitos protectores (malajimes, en la tradición sefardí [2]) es también sin duda, desde nuestra comprensión adulta, una representación folklorizada (según documenta José Manuel Fraile [3]) de los cuatro guardianes que custodiaban la cama del rey Salomón, y que describe el Cantar de los cantares.

En el mismo orden de cosas, algunas retahílas se reconocen como últimas, mínimas y significativas supervivencias de añejos relatos, leyendas y romances tradicionales, a los que tan próximo tuvo que vivir el cancionero infantil en siglos más prósperos que el de ahora. Muchas veces, por ejemplo, hemos utilizado en nuestros juegos de la niñez esta célebre pieza:

Una dola
tela catola,
quila quilete,
estaba la reina
en su gabinete,
vino el rey,
le apagó el candil,
candil candilón,
cuéntalas bien
que las veinte son.

De nuevo, tras su sinsentido, aparece –velada- una escena crucial en algunos romances antiguos, que tienen como tema el adulterio femenino y el castigo sangriento por parte del esposo ofendido, caso de Landarico o de Bernal Francés [4]. En ellos, el momento en que el marido apaga el candil de su esposa es señal premonitoria de la inminente muerte de ésta, lo que algunas versiones expresan muy directamente, así en Bernal Francés: Al bajar las escaleras, / él le ha apagado el candil. / -Quien el candil me ha apagado, / me quiere matar a mí...

Pero la retahíla infantil, como evidencia el texto, ha desprovisto de tintes trágicos a la escena romancística, algo que parece ocurrir con frecuencia en este proceso que describo. Otra retahíla, la de Santa Catalina, parece confirmarlo:

Santa Catalina,
hija de un rey moro,
que mató a su padre
con un cuchillo de oro.
No era de oro
ni era de plata,
era un cuchillito
de pelar patatas.

retahílas2¿Es la Santa Catalina del poema infantil la misma Catalina que en el romancero muere mártir por la crueldad e injusticia de su progenitor? [5] Me parece que sí; la misma Catalina pintada por Caravaggio bajo una tenebrosa luz glauca y junto a una rueda de afilados cuchillos, en la que, según la leyenda, fue condenada a morir esta santa del siglo IV por un padre hereje que no permitía la conversión de su hija a la fe. La misma Catalina a la que el folklore infantil, por la vía de la burla, le ofrece ahora una venganza: matar a su padre con un cuchillito de pelar patatas.

Digamos, por último, que algunas retahílas esconden también relaciones con tipos folklóricos criados en la sátira literaria del Barroco, convertidos en iconos de una sociedad esperpéntica en manos de Quevedo y de otros poetas primero, e instalados luego en la festiva vertiente del romancero erótico-burlesco. Así, la vieja de caducos impulsos sexuales, la mujer en exceso coqueta o el cornudo se mantienen aquí, algo desvaídos de color, pero del todo evocadores de esa manera de expresión poética. Un texto francamente interesante en este sentido es el de El Tío Gurrumino:

El Tío Gurrumino
mató a su mujer,
la puso en la plaza,
se puso a vender.
La gente pasaba
y olía a tocino,
y era la mujer
del Tío Gurrumino.

¿Por qué mata a su mujer?, ¿y por qué la somete al último escarnio de exponerla en el mercado y vender su carne como si de un animal se tratara? Quizá la respuesta esté en el emparentamiento que la inocente retahíla sugiere con algunos trágicos romances de adulterio, y especialmente con el de Los presagios del labrador [6]. Allí, el honrado protagonista sorprende a su mujer y al amante dando rienda suelta a sus ilícitos deseos y, en una escena estremecedora, da él mismo rienda suelta al obligado castigo matando a los pecadores de forma brutal y sangrienta, acción que corona con la exposición en el mercado público de los cuerpos, a los que pregona y vende como novillo y ternera. Tocado el techo de lo atroz, las versiones romancísticas no se atreven ya –que yo sepa- a mencionar el olor a tocino del cadáver de la adúltera, cosa que parece ser la propuesta de la cancioncilla infantil.

Sirva, en fin, este puñado de textos para que, desde nuestra ceguera de adultos, empecemos a comprender los procesos de ritualidad primaria del folklore infantil, tan necesarios para los niños que ahora son, y tan necesarios para los niños que nosotros mismos fuimos. Aprendamos a conjurar nuestros miedos con la palabra infantil, de forma lúdica e intuitiva, como lo hacen las niñas que, todavía hoy, cantan Al pasar la barca, / me dijo el barquero: / -La niñas bonitas / no pagan dinero..., ajenas a la identidad de Caronte y a que su dinero es el pago por alcanzar la otra orilla de la Laguna Estigia.

 

Notas

[1] “Tuvo que contar cien y un año. Estudio crítico”, en Susana Weich-Shahak, Repertorio tradicional infantil sefardí. Retahílas, juegos, canciones y romances de tradición oral, Madrid, Compañía Literaria, 2001, pp. 41-73.
[2] Vid. las interesantes versiones sefardíes recogidas y comentadas por S. Weich-Shahak, ob. cit., pp. 17-18 y 98-100.
[3] Conjuros y plegarias de tradición oral, Madrid, Compañía Literaria, 2001, pp. 17-18; vid. aquí mismo otras versiones de la misma oración en pp. 121-139. Hay, por otra parte, un estudio específico de dicha plegaria en: José M. Pedrosa, “Correspondencias cristianas y judías de la oración de las cuatro esquinas”, en Las dos sirenas y otros estudios de literatura tradicional, Madrid, Siglo XXI, 1995, pp. 187-222.
[4] El romance de Landarico, también llamado La reina adúltera, está bastante difundido entre las comunidades sefardíes del Mediterráneo Oriental y de Marruecos; vid. algunas versiones en Susana Weich-Shahak, Romancero sefardí de Marruecos, Madrid, Editorial Alpuerto, 1997, pp. 129-131. Sobre Bernal Francés, del que existen multitud de textos en todo el mundo hispánico, vid., por ejemplo, Virtudes Atero y Pedro M. Piñero, Romancero de la tradición moderna, Sevilla, Fundación Machado, 1987, pp. 154-155. El tema del adulterio y los motivos folklóricos de los que estos romances hacen acopio ha sido estudiado en el trabajo de Virtudes Atero y María Jesús Ruiz, “Alba, Catalina, Elena y otras adúlteras del romancero tradicional”, en Los trigos ya van en flores. Studia in Honorem Michelle Débax (ed. de Jean Alsina y Vincent Ozanam), CNRS-Université de Toulouse-Le Mirail, 2001, pp. 41-62.
[5] El romance tradicional de Santa Catalina, difundidísimo en la tradición moderna (sobre todo como canción infantil) recrea algunos pasajes de la vida y martirio de Santa Catalina de Alejandría (finales del siglo III y principios del IV) que, viviendo en una familia pagana y mostrando su voluntad de convertirse al cristianismo, fue condenada a ser destrozada por una rueda de cuchillos. Según la leyenda, la rueda se rompió a su contacto y la santa finalmente fue decapitada y su cuerpo trasladado por los ángeles al monte Sinaí. Vid., para esto, Virtudes Atero y Pedro M. Piñero, ob. cit., p. 198. Vid. también algunas versiones representativas del romance en la tradición infantil en Virtudes Atero y María Jesús Ruiz, En la baranda del cielo. Romances y canciones infantiles de la Baja Andalucía, Sevilla, Guadalmena, 1990, pp. 35-36
[6] Los presagios del labrador es uno de los denominados romances de sucesos que, publicado primero en compilaciones y pliegos de los siglos XVII y XVIII, pasó luego a incardinarse en la tradición oral propiamente dicha. Las numerosas versiones recogidas en la tradición moderna conservan por lo común el desenlace sangriento y atroz propio de las narraciones de cordel, así en esta versión leonesa: -Dale la leche a ese niño, / dale la leche postrera. // -Los demonios me llevaran / si yo la leche le diera. // -Di la confesión, María, / dila, que mueres sin ella.- // Al decir “su único hijo” / el corazón le atraviesa. // La ató a la cola ´el caballo, / a la plaza se la lleva. // Tiró el sombrero por alto: / -¿Quién me compra carne fresca?, // que matara un jabalí, / una valiente ternera. // A cuarto vendo la libra, / y a ochavo la libra y media; // el que no tenga dinero / tampoco se irá sin ella. Para otras versiones, vid. Flor Salazar, El romancero vulgar y nuevo, Madrid, Seminario Menéndez Pidal, 1999, pp. 102-106; en esta misma obra, es interesante el estudio crítico de Diego Catalán sobre la transmisión del romance: pp. xl-l. Virtudes Atero y María Jesús Ruiz han estudiado el tratamiento del adulterio de Los presagios... en “Alba, Catalina, Elena...”, art. cit.

 

© María Jesús Ruiz (Universidad de Cádiz)

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