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Los tres hermanos o Cuento del Tajo de Ronda

por Juan Ignacio Pérez


En una venta camino de Bolonia, Andrés Morales, de treinta y pocos años, ha aceptado con amabilidad nuestra invitación a recordar algún relato de su infancia. Junto a la cerveza con que nos agasaja, trata de rescatar del olvido los cuentos que de chiquillo le contaba, más que nadie, su padre. Dice que, a veces, les daban las tantas de la noche contando cosas junto a la chimenea.
Le vienen a la memoria, sobre todo, varios cuentos de hechos rurales, aunque dice que también los había de varitas mágicas y de animales, éstos con la zorra de protagonista, aunque no acaba de “encarrucharlos”.
Mientras cuenta, se nos arriman sus hijos y algunos vecinos, y su mujer nos advierte al pasar:
-Verás tú que va a llover.
-¿Y eso?
-Es que... cuando se cuentan cuentos llueve. Eso se ha dicho toda la vida.
-Sí, yo desde chico lo he escuchado. Y, además, es verdad.
Llueva o no, dentro de la casa se ha creado el clima ideal para hilvanar viejas historias. Con público de todas las edades, como siempre se hizo, y muy sanamente, en la tertulia popular.

Cuaderno de notas 16-12-94

No es nada fácil que una persona sencilla se lance por las buenas a contarle a un desconocido sus más lejanos recuerdos afectivos, como es el caso de los cuentos. Las prisas, el recelo, la indiferencia, son los grandes enemigos del estudioso que desea rescatar del olvido los tesoros literarios que la gente, ajena a este interés académico por el folclore, guarda en su memoria.

De vez en cuando, como ocurrió ese dieciséis de diciembre, el investigador es recibido con interés y el informante recupera su infancia a través de tantos relatos como le contaban, aderezados con adivinanzas e ingeniosos juegos de palabras, y es entonces cuando se produce ese estado de gracia capaz de transportar a ambos interlocutores a un mundo mágico, y es entonces también cuando los relatos vienen a la memoria uno tras otro, agolpándose para ser contados.

Y es que, a pesar de la intromisión de otras distracciones, lo cierto es que todavía la gente de estas tierras siente una especial inclinación hacia “las artes de la palabra y el gesto”, como ya observara el folclorista Arcadio de Larrea a mediados de siglo en su visita a la provincia.

En este sentido, la experiencia resumida al principio dio paso a varios relatos orales, unos más fieles a la memoria que otros, pero todos dignos de escuchar, disfrutar, recoger y difundir.

Una de las estrellas de la reunión fue el cuento del Tajo de Ronda, viejo relato universal enriquecido por los cientos de veces que, en estos campos de Tarifa, habrá sido contado. Todavía seguía nuestro informante narrándolo en su casa por ser el favorito de sus hijos, por encima de esas historias colonizadoras y estereotipadas que suelen entrar en todos los hogares actuales.

 

Un viejo conocido

Mezclando el tema de la picaresca con el de las relaciones familiares, las falsas apariencias con los conflictos que genera el dinero, el humor con lo macabro, este cuento se ha contado en todas las latitudes, con esas variantes que otorgan a la literatura oral su peculiaridad de arte universal mil y una veces recreado.

Aurelio M. Espinosa, hijo, nos refiere, en sus Cuentos populares de Castilla y León, las versiones hispánicas de este cuento recogidas por los más prestigiosos investigadores: Aurelio de Llano (Cuentos asturianos, nº 42 y 67) y Constantino Cabal (Los cuentos tradicionales asturianos, págs. 169-173) en Asturias, las recogidas por su padre en Castilla (Cuentos populares españoles, nº 189 y 193), las de Antoni María Alcover (Aplech de rondaies mallorquines, tomo I, págs. 213-227) y Joan Amades (Folklore de Cataluña, n1 364), las encontradas en Puerto Rico, Estados Unidos (Colorado), México (a los indios tepecanos), Argentina, Filipinas, Portugal, Cabo Verde, Chile, Guatemala, Brasil, por diversos estudiosos, así como escenas similares aparecidas en El Patrañuelo de Timoneda. Desarrollando unos u otros episodios, todas estas versiones se emparentan entre sí por la coincidencia de motivos y situaciones. Al igual que las que el mismo Espinosa, hijo, transcribe en la citada obra: los cuentos nº 325 (El envidioso y el listo), 326 (El vecino listo), 327 (Nicolasín y Nicolasón), 328 (El tonto y su madre) y 287 (Los gallegos se tiran por el boquerón).

Más cercanas en el tiempo y en el espacio encontramos la versión publicada por Mª Jesús Ruíz (La tradición oral del Campo de Gibraltar, nº 9: Periquillo de Mala) y el arquetipo construído por Antonio Rodríguez Almodóvar (Cuentos al amor de la lumbre, nº 76: Los dos compadres).
En Centroeuropa, es interesante, por su paralelismo con nuestro cuento, la recreación realizada por Hans Christian Andersen, titulada Claus el grande y Claus el chico, además del texto presentado por los hermanos Grimm en sus Cuentos de niños y del hogar, titulado Los siete suabos, que incluye un final semejante al del Tajo de Ronda, aunque el equívoco se da en un río en lugar de un barranco.

Pero conozcamos nuestra versión, la que halló audiencia esa tarde de diciembre en una venta camino de Bolonia, resultado de tantas versiones locales anteriores y pariente de esas otras que campean por medio mundo.

 

El cuento

INFORMANTE: Andrés Morales (Bolonia, Tarifa, Cádiz).
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez.

Eran tres hermanos y, de los tres hermanos, uno era tonto y los otros dos, para ellos, eran listos. ¿Qué pasó? Que un día al tonto, que tenía a su madre con él, se le murió la madre y él no tenía dinero para enterrarla. Y decía: “¿Cómo entierro yo a mi madre?”.
Se enteró de que había misa en la iglesia y pensó: “Ahora mismo me voy a echar yo a mi madre a cuestas y voy a ir a la iglesia a ver cómo me las apaño”.
Esperó que se llenara la iglesia, entró el tonto con la madre a cuestas y la puso detrás de la puerta, en pie, muerta.
Dijo el cura su misa y, con las mismas, salió la gente de la iglesia. El tonto se quedó rezagadillo y, cuando va el cura a cerrar la puerta, ¡uh!, la vieja pegó un viejazo y se cayó al suelo.
-Hombre, ¿qué ha hecho usted con mi madre? ¡Que me ha matado a mi madre!
-Cállate, hombre, cállate, que esto se arregla ahora mismo. Mira: yo te doy un saco de dinero y la enterramos aquí en la iglesia. Y aquí no ha pasado nada.
Y eso hicieron, la enterraron en la iglesia. El tonto se fue con las monedas para su casa y, al llegar a la casa, dice:
-Hermanos, hermanos, mirad lo que me ha pasado: ha muerto mamá, la he enterrado y encima me han dado unas pocas monedas de oro.
-¡Quillo! ¿Eso cómo puede ser?
-Sí, pues sí, en la iglesia la he enterrado y me han dado unas pocas monedas de oro.
Los hermanos listos empezaron a idear cómo se las iban ellos a apañar para coger dinero. Y dijeron:
-¿Sabes lo que vamos a hacer? Que vamos a matar a las dos mujeres.
-Eso va a estar hecho ya.
Se fueron a la plaza y llenaron los serones de cada burro de pescaíto chico, del más chico que había, y dijeron:
-¡María, este pescao tiene que estar arreglao a mediodía y si no está arreglao os matamos!
Las pobres mujeres no sabían qué hacer.
-¿Esto cómo lo vamos a arreglar nosotras?
-Nada, que lo tenéis que arreglar.
Se ponen las pobres llorando a arreglar el pescado, pero ellas sabían que de ninguna manera podían arreglar el pescado.
Cuando llegó el mediodía, vienen los tíos hechos una fiera:
-María, ¿habéis arreglao el pescao?.
-No.
Y, con las mismas, matan a las dos mujeres. Se van para la iglesia con las dos mujeres a cuestas y, cuando los ve el cura y los vieron las autoridades, lo que hicieron fue cogerlos y meterlos en la cárcel a los dos.
Mientras estuvieron en la cárcel, ideaban a ver qué iban a hacer para quitarle el dinero al tonto de su hermano, y pensaron tirarlo por el Tajo de Ronda.
Cumplieron su tiempo y salieron los dos de la cárcel.
-Hermano, te vamos a tirar por el Tajo de Ronda.
-¿Por el Tajo de Ronda?
-Sí.
Lo cogieron, lo metieron en un saco y lo cincharon en un burro. Echaron al burro por delante en el camino y los dos iban por detrás un poco retirados. Mira por dónde, el tonto sintió los cencerros de unas cabras y empezó a decir esta retahíla para que el cabrero lo sintiera:
-Que no, que me quieren casar con la hija del rey y yo, con la hija del rey, no me quiero casar, que no me da la gana.
Acude el cabrero al saco y dice:
-Chiquillo, ¿qué estás diciendo?
-Eso, que me quieren casar con la hija del rey y a mí no me da la gana de casarme con la hija del rey.
-Chiquillo, pues bájate que me meto yo ahora mismo.
Entre los dos se las apañaron para cambiarse el uno por el otro sin que los otros dos se dieran cuenta.
Una vez fuera, el tonto se quitó de en medio con las cabras para que los otros no lo vieran.
Y siguieron sus hermanos camino adelante creyendo que su hermano tonto iba dentro del saco. Llegaron al Tajo de Ronda, tiraron el saco y volvieron muy contentos creyendo que habían tirado al tonto por el Tajo. Por el camino, ven desde lejos a un cabrero y dice uno:
-Hermano, ¿no parece aquél el tonto?
-¿Cómo va a ser eso, si al tonto lo hemos tirado por el Tajo de Ronda?
-Que sí, que se parece. Tira p’arriba pa verlo mejor.
-Pues sí que es el tonto.
-Hermano, ¿pero qué haces aquí? ¿No te habíamos tirado por el Tajo de Ronda?
-Sí, y si más alto me hubierais tirado, más cabras habría sacado.
-¡Me cago en la mar! Lo tiramos por el Tajo de Ronda y aparece con la piara de cabras aquí. ¿Vamos a tirarnos nosotros dos?
Empezaron a echarse esas cuentas y se van para el Tajo de Ronda y dice uno:
-Tú te vas a tirar antes; si hay cabras, dices “hay” y, si no hay, pues no digas nada y yo ya no me tiro.
Se tira el primero y grita al chocarse:
-¡Aaayyy!
Y se tiró el otro creyendo que había cabras.

 

La velada dio para mucho más e, incluso, quedaron pendientes de recuerdo un par de relatos de los que sólo algunas escenas asomaban por la memoria.

Creemos que este relato, que ha logrado mantenerse en una sencilla familia gracias al sano e inteligente ejercicio de la narración oral, merece ser conocido por quienes, de una u otra manera, buscamos querencias con la tierra donde vivimos. Porque es un cuento que huye de todo moralismo estéril, lo cual ya es un gran mérito tras más de un siglo de filtros “políticamente correctos”. Porque es un ejemplar relativamente bien conservado, comparado con las versiones a las que antes hacíamos referencia. Porque, como buen cuento de costumbres rurales, refleja toda una forma de vivir, la que vence el dolor con el humor y la picaresca, la que habla de tú a las clases privilegiadas, la que echa mano del ingenio en los momentos más cruciales, también la llamada “España negra” que se ciega y mata por ambición, que practica la misoginia, etc., etc.

A quienes tengan la ocasión, les recomendamos que lean la recreación realizada por Andersen y que antes señalamos, Claus el grande y Claus el chico, pues es asombroso el paralelismo que guarda con la versión recogida por nosotros, aunque también servirá de ocasión para matizar la aparente crueldad de nuestro cuento. Comprenderemos el distinto tratamiento que a un mismo tema se le da en dos países tan diferentes y, sobre todo, valoraremos nuestra versión como más cercana a nuestra propia forma de ver la vida, aunque no nos identifiquemos con algunas de sus escenas. Desde el problema inicial de la historia al desenlace final, pasando por el lenguaje empleado, la relación entre los personajes o la forma de pagar la fechoría realizada, estamos ante dos realidades distintas: cómo una y otra cultura han ido afrontando, en unas y otras épocas, la supervivencia frente a los peligros externos de ciertos cambios históricos.

Y es que los cuentos populares auténticos (no aquellos que ciertos intereses nos han presentado como tales) son el reflejo de los seres humanos, con sus miserias y sus grandezas, y cada versión local es un completo documento del que pueden beber desde el psicólogo al etnólogo, pasando por un sinfín de disciplinas.

Universalidad y particularidad, he ahí dos principios que hacen grandes a la literatura popular. En ella encontramos una razón más para la comprensión entre los pueblos, ya que, en palabras de la profesora Mª Dolores González Gil, cada variante permite, “como los gestos de un rostro, el derecho a ser distintos pero desde esquemas universales”.

 

© Juan Ignacio Pérez (1995)

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