Rafael Beltrán
“Entre el rigor académico y la institucionalización de la fiesta y la cultura tendrían que tenderse algunos puentes”
Rafael Beltrán Llavador es profesor de Filología en la Universidad de Valencia. Además de haber publicado estudios sobre textos clásicos como La Celestina, el Cantar de Mío Cid o Tirant lo Blanc, en los últimos años ha realizado un gran esfuerzo por dar a conocer los cuentos de tradición oral del Levante español. Fruto de este trabajo, en 2007 ha publicado Rondalles populares valencianes (Antología, catálogo y estudio dentro de la tradición del folklore universal), una magna obra que recoge todo lo editado anteriormente en el País Valenciano tanto en catalán como en castellano y lo sitúa de nuevo al alcance de los lectores, supliendo así la debilitada transmisión oral.
Su rigor, entusiasmo y sensatez nos pueden servir para profundizar un poco más en los cuentos populares de la Península.
¿Cómo fue tu acercamiento al mundo de la tradición oral?
Como siempre, los recuerdos de la infancia son decisivos, porque son los más emotivos y perdurables. La memoria selecciona por emociones, no racionalmente. Y yo he tenido siempre ardiente el rescoldo de escuchar cuentos a mi madre (pocos, pero en situación entrañable) a los tres o cuatro años. Mi investigación, como profesor de literaturas medievales hispánicas, ha sido siempre con libros: ratón de biblioteca, en vez de rata callejera, como me gustaría ser en otras vidas. He disfrutado y sigo disfrutando entre anaqueles de libros y espacios cerrados. Pero llega un momento en que ves tan importante (o más) el intento de explicación de los porqués de unos instantes felices, íntimos, ligados a la expresión oral, que el análisis del mejor fragmento de una obra clásica. Y que te ves no solo, sino en medio de una comunidad, de un grupo, de un territorio (que no es sólo el de los libros), de un país, de una lengua, de los que formas parte y de los que difícilmente vas a desligarte ya nunca. Fue fundamental, en mi caso, además, hace unos veinte años, el acercamiento a un ámbito rural, el de un pueblecito de montaña (Suera, en Castellón), de 400 habitantes, donde tengo mi segunda casa. Para un urbanita, viviendo siempre en una gran ciudad como Valencia, significó la oportunidad de poder y tener que comunicarme con gente de toda condición (muchos de ellos, los mayores, labradores) a través y exclusivamente a través de la palabra oral. Palabra sensata, palabra concisa, palabra útil, de múltiples registros. Espontánea y natural, como la de los cuentos.
¿Para qué sirve, según tu experiencia personal, narrar o escuchar un cuento popular?
Como una herramienta cotidiana (unas tijeras, por ejemplo), puede adoptar varias funciones: familiarmente, la de solucionar problemas con los niños (calmarlos para dormir, distraerlos al darles de comer, conseguir su concentración haciéndoles “entrar en otro mundo”); colectivamente, la de atraer la atención de los mayores (cuentos cómicos, chistes), buscando empatía y simpatía, alardeando con orgullo de memoria y gracia (como haría un cantante popular), etc. Ahora bien, mi escasa experiencia personal me confirma que el papel tradicional del cuento (como el de tantos fenómenos folclóricos) prácticamente ha desaparecido. No se escuchan ya cuentos maravillosos, y difícilmente fábulas o cuentos de ingenio, si no es forzando la situación, con encuestas a informantes bien localizados.
Sin embargo, tenemos la percepción de que en el entorno lingüístico del catalán se valora especialmente la narración oral, incluso tenéis una palabra concreta para designar al cuento tradicional, la rondalla.
Llamamos tradicionalmente, sobre todo desde el siglo XVIII, rondalla o rondalles a los cuentos tradicionales, aunque en catalán, si fuéramos estrictos, sólo serían rondalles los cuentos maravillosos (los fairy tales o märchen). El caso es que el término rondalles se ha ampliado en catalán a cualquier tipo de cuento, para simplificar, a partir del lenguaje escolar y académico. Conocemos y usamos el término conte (cuento), claro está, y a veces se emplea como sinónimo de rondalla. No hay normativa en este aspecto, sino un uso que va cambiando con relativa espontaneidad. No es incorrecto hablar, por ejemplo, de rondalles religioses o de rondalles d’enginy (ingenio), pero yo prefiero hablar de contes religiosos o de contes d’enginy. En mi fuero interno, descubro que casi inconscientemente le otorgo a la rondalla un empaque o una complejidad mayor que al cuento, que relego al apunte o la chispa ingeniosa, menos trascendente.
¿Y ese nombre específico ha podido contribuir a un mayor conocimiento público y a un mayor interés hacia el folclore como hecho cultural?
Realmente el término rondalla es académico y culto, aunque con raíces populares. Yo nunca le he preguntado a informantes no escolarizados si conocían rondalles, porque se habrían confundido y habrían entendido que me refería a piezas musicales danzables (que es la otra acepción principal del término rondalla). Hay que hablar de contes (cuentos), succeïts (sucedidos) o, como en castellano, històries antigues, de vells (de viejos). Hay, no cabe duda, con el término rondalles, un prurito de orgullo y un afán de singularizarse, no sólo respecto al cuento del castellano, sino respecto a los de otras zonas geográficas vecinas. El informante reivindica con orgullo, cómo no, la excepcionalidad del cuento de su pueblo, de su comarca. Más ampliamente, el catalanohablante reivindica con sus rondalles la riqueza y arte de su tradición cuentística, menospreciada durante siglos por la cultura oficial. Ese orgullo es natural e intrínseco a cualquier fenómeno folclórico. Por otra parte, rondalla es un vocablo útil, funcionalmente muy práctico, porque, a diferencia del castellano, permite distinguir desde el principio que nos estamos refiriendo a un cuento tradicional u oral, y no a un cuento escrito.
Rondalles populars valencianes, el catálogo de cuentos populares valencianos que has publicado, es una obra con casi 800 páginas que muestra un vasto repertorio narrativo: ¿Cómo definirías el trabajo que has realizado?
Se podría definir como un intento de aprehensión, comprensión y organización de un universo de oralidad riquísimo, pero tan volátil y efímero que se nos iba a escapar irremisiblemente. El libro ofrece, por vez primera en un solo volumen, versiones representativas de 250 argumentos de cuentos tradicionales o populares valencianos, la mayor parte de ellos aún vivos en memoria de las gentes. Esos 250 argumentos (habrá algunos, pero seguramente pocos más argumentos o tipos de cuentos valencianos) dibujan la morfología de un conocimiento tradicional de arte verbal, y confirman la variedad y vitalidad de la cuentística valenciana, dentro de su contexto hispánico, mediterráneo y románico.
¿Qué se pretende cuando se aborda una obra de este tipo en la que se invierten años de trabajo?
La finalidad primera es tratar de contribuir al mejor conocimiento del mundo del cuento tradicional. La segunda, ayudar al mantenimiento e incremento del prestigio y la popularidad de este género oral, pero a la vez artístico. No depende de nosotros el aumento de la difusión de un cuento, o efectuar operaciones falsas de rescate, pero sí la contribución al entendimiento más completo y profundo de esa herencia cultural tan valiosa. En ese sentido, el libro va dirigido tanto a padres y maestros, como a investigadores y amantes de la tradición oral y cuentística.
Es cierto que una cosa son los objetivos científicos y otra los humanos. Pero el intento de consecución de los segundos estimula el logro de los primeros. Y hace que los años de trabajo parezcan días y los días parezcan minutos. Humanamente, pretendía, como creo que le sucede a cualquier estudioso del folclore (y le permite, como una droga, abstraerse de otras muchas ocupaciones), saldar una deuda con mi pasado, con mi memoria, con los tiempos y los espacios de mi familia y de mis gentes; con todo aquello que yo, personalmente, asocio a un concepto territorial, cultural e histórico de “nación” o “país”: mi País Valenciano. Llega un momento de madurez en el que te planteas el ‘devuelve lo que debes’, o devuelve al menos parte de lo mucho que has recibido de ese territorio humano a lo largo de tus primeros cuarenta años de vida. Empezando por la palabra. Tener hijos ayuda, cómo no, a entender esa perspectiva desde una nueva atalaya. Científicamente, consideraba que, por mi formación medievalista, poseía un bagaje mínimo que podía invertir en el saldo de esa deuda y que podía aplicar a un trabajo útil, aún por hacer. Así, de la fusión de esos objetivos surge el intento de prestigiar esas piezas de creación popular, reconociendo desde la ciencia su valor artístico y cultural, al mismo nivel, por lo menos, que el de otras piezas escritas. Y al prestigiarlas, tratar de difundirlas y popularizarlas, a través de padres, de maestros, para el conocimiento de futuras generaciones.
¿Y cómo es el corpus narrativo valenciano? ¿Qué características destacarías en estos textos con respecto a sus hermanos de otras comunidades de la Península?
El trabajo folclórico conduce siempre a resultados humildes y, sin embargo, el camino está jalonado de episodios muchas veces gloriosos. El corpus narrativo valenciano es especial y único..., pero sencillamente porque es mío, porque soy valenciano. Sin embargo, objetivamente no es, desde luego, ni más rico ni más pobre que el de Cataluña, el de Aragón, el de Murcia, el de Castilla, es decir, el de sus geografías limítrofes. No pasan de diez los argumentos que sólo encuentro en el País Valenciano y no en los otros territorios de habla catalana o castellana. ¡Pero diez son muchos! Daré sólo, de esos diez, dos ejemplos de cuentos originales valencianos y, además, increíblemente “feministas”. El 154 de la Antología, “Un lluç al mig del bancal”, clasificado internacionalmente (ATU, 1381), pero que no encuentro en toda España, y del que, en cambio, sí conocemos tres versiones valencianas. Cuenta la historia de una mujer inteligente que, cansada del orgullo de su marido, le quiere dar un escarmiento. Le pone una merluza en medio del bancal, para que se la encuentre cuando vaya a arar el campo. Cuando el marido pregunte, delante de todos, por la merluza que halló en el campo, será el hazmerreír de todo el mundo. Y el número 160, “La més xicoteta, la més sabuda”, igualmente clasificado internacionalmente (ATU 1407A), pero del que sólo conservamos en versiones hispánicas, que yo conozca, una valenciana. Juega con la divertida confusión de las palabras últimas del marido en su confesión: “titot i tot” (‘pavo y todo’), que beneficiarán a su joven viuda (en inglés, bien conocido, la palabra última es: “Everything!”).
¿Has descubierto alguna sorpresa en los textos o ya no hay tierras vírgenes en la narrativa de tradición oral?
Hay 250 sorpresas en el libro, que representarían 2.500 ó 25.000 posibles sorpresas. Cada cuento, bien contado, es sorprendente, es un mundo; y sobre todo si uno conserva el oído atento para escucharlo o la mirada ingenua para leerlo. Pero entiendo la pregunta. Hay muchas versiones valencianas verdaderamente increíbles, tanto en fábulas, como en cuentos maravillosos, de ingenio... Cuentos en los que vuelves a encontrarte, después de muchos siglos de silencio (sobre todo, en catalán, más que en castellano), el Esopo instructivo de la Antigüedad, la brutalidad grotesca del fabliau medieval, el fresco erotismo y el divertido engaño adúltero de Boccaccio, los sutiles juegos del Renacimiento. La tradición valenciana conserva casi sin modificar cuentos de Joan Timoneda (que hablaría valenciano, aunque sólo conservamos un par de cuentos suyos en valenciano), pero también cuentos, por ejemplo, utilizados por William Shakespeare. El número 159, “Els enganys de les dones”, recogido en Santa Pola, versión de nuevo excepcional, contiene la base de las desventuras de Falstaff en Las alegres comadres de Windsor, de Shakespeare. Otra vez, sin buscarlo, nos aparece un cuento “feminista”. Tres mujeres burlonas hacen que sus respectivos maridos estúpidos caigan en errores garrafales: el uno se confunde de casa, el otro se cree muerto y el tercero caminará desnudo por la calle. En el prototipo inglés, el primero se cree un perro y comienza a ladrar. Pero la historia es la misma. ¿A través de quién llegaría a Santa Pola?
¡Claro que hay tierras vírgenes! Basta escarbar un poco la superficie, como en algunas excavaciones arqueológicas que descubren verdaderas maravillas. Unos filólogos de la Universidad de Alicante, M. Isabel Guardiola y Vicent Beltran, han recogido hace apenas ocho años, en sólo un pueblo de apenas 1000 habitantes, Bolulla, más de 40 versiones nuevas... ¡con verdaderas joyas! Haciendo el trabajo bien, de modo sistemático, desde luego que se descubren hallazgos increíbles y valiosísimos.
¿De todas las piezas de tu libro, ¿con cuál te quedas y por qué?
Hay tantas con las que quedarse... Pero, al final, dejándome guiar por los sentimientos, me quedo con “Las tres naranjitas del amor”, bien conocido pero muy especial, porque nos lo contaba mi madre (de Benissa) a mis hermanos y a mí, cuando yo tendría tres o cuatro años y ellos uno o dos años, para apaciguarnos. Y añado “El gosset furta el xiulet” (ATU, 2034), formulístico, que me contó una mañana de agosto el tío Pasqual,de Suera, un juglar labrador, al volver de un paseo por la montaña.
Entonces, ¿esta colección ha venido a desempolvar recuerdos ya olvidados o a poner por escrito algo de dominio público?
Aunque se rescaten algunas pocas reliquias recogidas entre los años 1900 y 1920, la mayor parte de estos cuentos han pervivido hasta hace pocos años. En ese sentido, han servido para plasmar por escrito y concentrar un acervo que ha pervivido hasta hoy. A juzgar por los resultados de la Antología, la salud de los cuentos populares en el País Valenciano sería envidiable. Lo era, tal vez, hará entre quince y treinta años, de cuando son la mayor parte de las versiones recogidas. Sin embargo, basta comprobar las edades de los informantes para entender que los cuentos, que gozaban de buena salud hasta hace poco, se encuentran hoy en estado moribundo, si no agónico. Los estudios realizados bajo mi dirección en otros campos de la tradición oral, por ejemplo el del Romancero, confirman ese diagnóstico.
¿Consideras importante que estos cuentos vuelvan a viajar de boca en boca o ya es suficiente con rescatarlos y ponerlos al buen recaudo de un libro?
No creo que la nostalgia sea creativa ni productiva en el folclore. La evolución es un hecho imparable. Y desaparece un fenómeno folclórico cuando desaparecen los condicionantes culturales que han posibilitado su existencia. En ese sentido, el cuento largo está, como acabo de comentar, moribundo y no creo ser agorero si digo que morirá pronto aquí, y en toda España. No tiene sentido el afán por rescatar o resucitar unos contextos de interrelación personal (madre-hijo, abuela-nieta) o comunitaria (fiestas, noches ante el fuego), cuando los instrumentos técnicos de intermediación (radio, televisión, vídeo, Internet) son tan poderosos y atractivos que vencen todas las batallas. Es lamentable, pero es así. No podemos confiar en retrocesos. El nuevo cuento circula, o bien como chiste en tertulias (cuento mínimo), más o menos el de siempre, o bien como leyenda urbana en Internet. La leyenda urbana sí que ha sustituido a la antigua leyenda, incluyendo una nueva moral, de corte conservador (‘cuidado con el Sida’, ‘cuidado con las extrañas autoestopistas’, ‘ojo con los lugares desconocidos’...), pero a veces trasgresor: ‘No comas hamburguesas prefabricadas’ (mensaje ecologista), ‘No bebas Coca-cola’ (mensaje contra-cultural).
¿Qué diferencia encuentras entre contar el mismo cuento recibido de la tradición oral y hacerlo leyéndolo en un libro?
Todas las diferencias del mundo. La percepción oral, interactiva, participativa, es muy distinta de la audición, pasiva. El cuenta-cuentos actualiza sus versiones si tiene respuesta inmediata: un gesto de miedo, una sonrisa, una intervención (‘¿...y por qué?’, ‘más, más...’). Todo eso es cuento folclórico. La lectura, no; lo que no quiere decir que no sea positiva, naturalmente. Y no es un sucedáneo del acto folclórico. Son planos de comunicación diferentes. De hecho, hay que reconocer que se ha dado a lo largo de la historia una interconexión entre escritura culta y tradición oral espontánea. La primera ha alimentado continuamente a la segunda y, a la vez, se ha servido de los materiales que le proporcionaba esta. Y está demostrado que el cuento escrito (y la poesía, y la canción) ha tutelado en muchísimas ocasiones el camino del cuento de tradición oral. No se explica de otro modo la popularidad de muchos cuentos de los hermanos Grimm, independizados ya a veces de sus fuentes escritas ni tampoco la admirable fidelidad con la que se mantienen en tradición oral algunas fábulas esópicas.
¿Tiene todavía, en fin, un sitio la transmisión oral en la nueva sociedad?
Sí que tiene sitio la transmisión oral, naturalmente, siempre que sea entendida como simple comunicación. Otra cosa es el arte verbal, la transmisión de piezas con valor técnico, artístico, creadas con y desde el arte milenario de la oralidad (el cuento, la canción, la paremia...). Ahí me parece más dudoso el futuro. Si lo hay, no creo que vaya ligado a las fórmulas clásicas del cuento. No me cabe duda de que surgirán nuevas formas, pero cada vez más alejadas de las clásicas. Por poner varios ejemplos, el cuento de animales lo han fagocitado desde hace años los dibujos animados de la televisión (alimentaron ya incluso la infancia de quienes andamos por los cincuenta); el cuento maravilloso, inagotable, inacabable otrora, aunque ya reducido en las últimas hornadas a la mínima expresión, ha sido derrotado definitivamente por las técnicas espectaculares de la ficción cinematográfica; las funciones de los personajes (en el sentido de Propp) siguen ahí, pero los medios artísticos de los audiovisuales no tienen nada que ver, por supuesto, con la simplicidad directa de la oralidad. Otros ejemplos son el cuento religioso y el de ingenio basado en divertidas licencias contra la férrea estructura patriarcal y matrimonial, que han dejado de tener sentido (en muchos casos afortunadamente).
¿Y cuáles son, a tu juicio, las bondades secretas de narrar cuentos, esas que aún no han sido declaradas aún a los cuatro vientos y que, sin embargo, son de capital importancia?
He sido muy escéptico o pesimista, tal vez demasiado, en el resto de preguntas. Tal vez el secreto, “las bondades secretas”, se encuentren en los niños. En ellos, en las sesiones de cuenta-cuentos de las bibliotecas o proporcionados por algunas maestras está el verdadero secreto. El cuento ayuda a crecer, ayuda a sentir, ayuda a pensar... Las lecciones de Bruno Bettelheim son, me parece, todavía válidas. Como las de Piaget, las de los grandes pedagogos. El secreto de narrar cuentos, que antes estaba depositado, como un arcano, en los abuelos y los padres, ahora ha sido delegado a los maestros, como otros aspectos (¿todos?) de la integración socio-educativa, que antes era básicamente familiar y ahora básicamente escolar. Si no hay maestros que sepan contar cuentos, que se crean los cuentos, que hagan vivir los cuentos, entonces sí que desaparecerá irremisiblemente el arte de narrar. ¡Pero hay muy buenos maestros!
¿Y cuál es la relación de la Universidad con este fenómeno social de la transmisión oral?
Es tremendamente difícil articular un mínimo programa de estudios en torno a la cultura popular y la tradición folclórica. En la Universitat de Valencia no hay cursos ni materias regladas (a diferencia de otras universidades en el ámbito catalanohablante, empezando por las de las Islas Baleares y la Rovira i Virgili, de Tarragona). Todo parte aquí de propuestas individuales, que son vistas habitualmente como bastante extravagantes. El canon desprecia la oralidad, pero los estudios culturales, anticanónicos por naturaleza, que la reivindican, la entienden de una manera sui generis y la suelen analizar de una manera críptica, difícilmente conciliable con la naturalidad y espontaneidad (nada arcádica, pero tampoco retorcida) de los procesos folclóricos.
Algunos profesores interesados, en especial de los campos de la Antropología Social, la Historia y la Filología, intentamos coordinarnos y a veces hemos logrado llevar a cabo algún curso de extensión universitaria de Folclore o Folclore y Literatura, integrando buenas clases de música folclórica, danza, fiesta y juegos populares, Fallas, poesía tradicional, romances y, naturalmente, cuentos, que han dado buenos frutos. Ha colaborado siempre el Museo de Etnología de Valencia, abierto a todo tipo de experiencias en este sentido. Pero han sido iniciativas voluntariosas, excepcionales. No acabamos de entroncar con las posibles necesidades sociales. No hallamos un solo punto de encuentro, por ejemplo, con una importante Concejalía de Cultura Popular y Fiestas de nuestro Ayuntamiento de Valencia. Tal vez la culpa sea nuestra: entre el rigor académico y la institucionalización de la fiesta y la cultura tendrían que tenderse algunos puentes.
© Asociación LitOral, enero 2009
Felicitaciones
¡Bravo! Magnífica entrevista y estupendo libro, es sorprendente que a estas alturas del siglo XXI todavía se puedan recoger testimonios orales de semejante calidad. Gracias por proveernos de tan buen material a los que nos dedicamos a encandilar con la palabra. Carles Cano