Luis Díaz Viana
"La gente crea constantemente palabras y relatos para contarse el mundo. Y vale la pena ocuparse de ello"
Luis Díaz Viana, doctor en Filología Románica por la Universidad de Valladolid, ha sido investigador asociado del Departamento de Antropología de la Universidad de California en Berkeley y, más tarde, profesor titular de Antropología Social en la Universidad de Salamanca. Científico titular del CSIC desde 1995, y posteriormente investigador científico, fue jefe del Departamento de Antropología de España y América en este organismo y, en la actualidad, es profesor de Investigación en el Instituto de Lengua, Literatura y Antropología del Centro de Ciencias Humanas y Sociales. En 1987 le fue concedido el Premio Nacional de Artes y Tradiciones Populares Marqués de Lozoya del Ministerio de Cultura al mejor artículo y, en 2006, el Premio Nacional de Folklore Agapito Marazuela.
Especialista en la investigación de la cultura popular y la literatura oral, es reconocido como uno de los más destacados impulsores del conocimiento académico de dichas materias en el ámbito hispano, así como un renovador de los estudios de folclore en España.
Antes de nada, nos gustaría preguntarle qué denominación le parece más adecuada para el tema que nos ocupa: folclore, tradición oral, literatura oral, oralidad, arte verbal…
A mí me sigue gustando utilizar el término de cultura popular o el de cultura a secas, que es en mi opinión la materia principal de la que se ocupa la antropología: estudiar la unicidad de la condición humana a través de las diferentes culturas o formas de cultura. Los otros términos se centran, para mí, en aspectos distintos de esa peculiaridad: que los humanos lo somos en la medida que nos llenamos de cultura, que sólo por la cultura llegamos a serlo. Folklore –mejor y siempre con “k”- es etimológicamente el “saber de la gente” (incluso o sobre todo de la gente que parecía más “rústica”), y en ese sentido apuntaba –a mi parecer- a un asunto que sigue teniendo plena validez, que toda la “gente” crea y transmite cultura. Yo veo en este sentido al folklore como el código creativo según el cual la mayoría de la gente hace y se comunica una cultura, “su” cultura. Y, a pesar de las derivaciones y connotaciones que la palabra pudo tener después de que fuera acuñada, creo que no traiciono con esta visión los planteamientos de sus orígenes. Tradición oral, literatura oral, oralidad, arte verbal…parecen términos que apuntan a lo mismo, pero no son exactamente lo mismo. El primero de ellos habla de la tradición que se transmite oralmente, pero casi toda tradición se transmite en algún momento oralmente y, por otra parte, toda cultura se transmite mediante la tradición (también la considerada como “culta”). Si se refiere a la cultura que no sólo se transmite sino también se crea nada más oralmente, la denominación se vuelve ya mucho más restrictiva y al tiempo confusa porque ¿cómo estar seguros de que una tradición es “técnicamente oral” (según precisaba Lord), es decir que lo que se transmite con ella nunca ha tenido contacto con lo escrito o lo iconográfico? Literatura oral, es –como ya se ha señalado muchas veces- una “contradicción en términos”, pues literatura es palabra que lleva en su etimología la referencia a la letra y a lo escrito. Sin embargo, yo pienso que la literatura, en cuanto a creación con las palabras, eso que Bascom denominó arte verbal, precedió y precede casi siempre a la escritura. El término oralidad, que como arte verbal también me gusta, pues hace referencia a la capacidad humana de crear y contarse mediante la palabra oral, es decir, al proceso creativo de lo que seguimos llamando y considerando literatura, resulta –sin embargo- demasiado vago o amplio, pues omite el concepto artístico, estético o –si se quiere precisar así- literario. Es decir, la oralidad puede también no ser literaria, sino un simple proceso de comunicación lingüística. Probablemente por ello hay quienes prefieren hablar de oratura, que no deja de ser un calco léxico de literatura, pero en cuanto a corpus oral. Resumiendo, si tengo que elegir, me quedo con cultura popular, que equivale a cultura y culturas sin mayúsculas, con folklore –que apuntaría a los códigos y procesos creativos según los cuales funciona cada cultura- y con arte verbal, que aunque no comprendería todo lo que podemos considerar como folklore, constituye su médula transmisora, como una especie de motor de la creación y comunicación artística de los folks o pequeños grupos. Que eso sería para mí el folklore, lo que actúa u opera dentro de la plataforma comunicativa de la llamada cultura popular.
A nivel personal, ¿podría indicarnos de qué manera comienza a interesarse por este tema?
Un poco o mucho de ello ya lo he dicho en la larga respuesta anterior. Como muchas personas de mi generación me crié entre el pueblo y la ciudad. La gente que me rodeaba cantaba y contaba historias que tardé tiempo en descubrir que también eran literatura o lo que yo entiendo ahora por literatura. Era, especialmente en el medio rural, esa gente entre la que crecí un “pueblo” que sabía el nombre exacto de las cosas. Sin darme cuenta o quizá sí, pero necesitando luego toda una vida para reaprenderlo, descubrí que la gente crea constantemente palabras y relatos para contarse el mundo. Y que valía la pena ocuparse de ello. Precisamente porque no se dan ninguna importancia por esto. Quizá, en mi caso, fue una manera de intentar conjugar esos dos mundos –urbano y rural- entre los que había crecido. Un camino de vuelta para saber algo más de mí a través de lo que había sentido desde niño. Pues pronto empecé a percibir que lo que más me interesaba, el cómo funciona la cultura, y por lo tanto eso que nos hace cabalmente humanos, era algo que ocurría diariamente a mi alrededor.
Desde su tesis sobre el romancero, ¿han variado en estos años su concepción del tema, sus intereses, sus gustos…? ¿En qué se encuentra trabajando actualmente?
Sí han cambiado, aunque cuando releo alguno de mis primeros trabajos también tengo la sensación de que quizá no tanto como yo pensaba. Incluso que me he repetido bastante en el tratamiento de los mismos temas. Pero sí creo que he ido intensificando, paso a paso, la reflexión teórica. A veces, desde lo que sabía o creía saber, he caminado hacia lo desconocido –por ejemplo, en mi libro de El regreso de los lobos, donde me adentré en las respuestas que las culturas populares estaban dando a la globalización con sus propios vehículos, como Internet-; pero en otras ocasiones, como ahora, siento que –según les gustaba decir a algunos románticos- voy más bien “de regreso”. Me inicié recopilando romances por pueblos castellanos, para pasar luego en Rito y tradición oral a estudiar lo oral como proceso y los rituales (así el de La Pinochada en Soria) como textos que podían ser interpretados. No me arrepiento ni avergüenzo de mis comienzos, de haber publicado cancioneros y romanceros con los que aprendí mucho. Haber hecho trabajo de campo desde la recopilación de folklore me forzó a hacerme mis propias preguntas, muchas preguntas. Porque pronto me di cuenta de que todo trabajo etnográfico implica la aplicación de una teoría sobre lo que se quiere encontrar y el cómo hacerlo. Nunca he pretendido estar a la page o a la última. Fueron los problemas que estudiaba, y las dificultades que encontraba al hacerlo, los factores que me iban llevando hacia nuevos retos. Mis últimos libros reflejan de algún modo ese camino de ida y vuelta. En el último año, publiqué el Cancionero popular de la Guerra Civil Española, revisión y reedición de un trabajo que había publicado hacía más de dos décadas y que precisamente me llevó a replantearme mis supuestos teóricos como recopilador de romances. Luego he publicado La tradición como reclamo, con Pedro Tomé, en que reflexionamos sobre los usos y abusos de la tradición, y –ya en este año- Narración y memoria, seguramente mi ensayo más pensado, y Leyendas populares de España, un verdadero desafío como investigador y reelaborador de textos, donde he pretendido recoger casi todo lo que sabía de las leyendas españolas, desde los antiguos mitos a los rumores por Internet. Ahora estoy preparando con Susana Asensio la reedición de Los cuentos populares españoles recogidos de la tradición oral de España, los tres volúmenes que publicó en el CSIC a mediados de los años 40 Aurelio M. Espinosa, y también esto constituye un reto importante. Ya había reeditado, por encargo de Víctor García de la Concha, la antología extraída de aquéllos que Espinosa reunió en la Colección Austral y, dado que la colección completa de los cuentos de Espinosa sigue siendo fundamental en su género, me parecía necesario volverla a reeditar.
¿Qué puede aportar el conocimiento de la cultura oral al mundo actual?
Yo no hablaría tanto de “cultura oral” como de las otras culturas o, si se quiere, “culturas populares”. Esas cuya desaparición parece decretada de antemano por el rumbo que lleva el mundo o, mejor, la dirección que le marcan los poderosos que realmente lo gobiernan. Y pueden aportar mucho. Son un antídoto contra la necedad y la razón de la “verdad única”. Pero además, sirven -sobre todo- por su propia existencia o resistencia para que nos preguntemos por qué tienen que desaparecer, por qué hay tantas cosas -a las que incluso se reconoce como valiosas y de ahí que se las pretenda preservar en archivos y museos- que tienen que sobrar. Pues la cultura popular como tal no desaparece, siempre encuentra resquicios desde los que resistir, pero sí los mundos que se sustentaban en ella: las formas de vida rurales que conocimos y a las que antes me refería, por ejemplo. Todos los saberes a los que se ha tachado como arcaicos y cuya extinción se ha decretado por unos pocos. Olvidamos, demasiado fácilmente, que al mundo rural -lleno de conocimientos, variedad y riqueza cultural que algunos llegamos a conocer en nuestro país- no lo barrió la modernidad, sino el desarrollismo tardofranquista.
¿Los estudios sobre literatura oral gozan de mejor reputación en América que en Europa?
En cierto modo se puede decir que sí, porque allí han encontrado un espacio y un mayor reconocimiento académicos. También porque, gracias sobre todo al impulso y legitimidad que les concedieron Boas y algunos de sus discípulos, no fueron algo que quedara –o fuera visto- al margen de la antropología. Lo que no impide que igualmente exista en USA una tradición filológica de esta clase de estudios, paralela a la antropológica, o un interés más amplio hacia todas las manifestaciones del folklore, en el que cabe lo considerado como “folklore público” o “folklore de acción”. Pero puede decirse que en el ámbito norteamericano las lindes entre ese folklore variopinto que entraría dentro de lo que se denomina “folklife” y el folklore al que se identifica con lo literario o el arte verbal están más claras que aquí. También hay una distinción entre el folklore como objeto de estudio y la disciplina que lo estudia, “folkloristics”, que en España, por ejemplo, no se da, aunque ya hay quienes empiezan a hablar en ese sentido de “folklorística”. Aquellos a quienes considero mis maestros en la universidad californiana de Berkeley, Alan Dundes o Stanley Brandes, pertenecían a esa tradición antropológica de estudios del folklore, pero no fue ésta la única corriente de la que he podido beneficiarme. La misma “folklorística” norteamericana debe mucho a ciertas escuelas del folklore en Europa, como la rusa y la finlandesa –sin olvidar las influencias de ciertos folkloristas alemanes o franceses- y no sólo el folklore, sino también la antropología en general, reconocen hoy las aportaciones –en el terreno de los rituales y las leyendas- de aquel folklorista genial que fue Van Gennep. Hace tiempo que vengo realizando mi modesta revisión de esas conexiones, y en la amplia Introducción que acompañará a la edición de la Colección de Cuentos de Espinosa, hablo bastante de ello, pues Espinosa era un filólogo y folklorista norteamericano que, con el apoyo precisamente de Boas, aparece a caballo de algunas de estas tradiciones, habiendo realizado su obra entre mundos, pero también entre escuelas distintas. En España el folklore no parece haber tenido académicamente hablando muy buena fortuna, pero sin embargo hay en torno al Centro de Estudios Históricos de Menéndez Pidal –después CSIC- una línea no interrumpida de investigadores que siempre en un marco académico han hecho aportaciones muy estimables, entre los que cabría contar a personalidades tan destacadas como las de García de Diego o Caro Baroja. En uno de los proyectos impulsados por éste dentro del CSIC, el de Fuentes de la Etnografía Española, llegué a participar y es esa orientación suya la que he querido recoger en una Colección que dirijo y comienza a editarse ahora con el título “De acá y de allá. Fuentes etnográficas”.
En algunas de sus obras pone usted en evidencia muchos de los tópicos y obstáculos presentes en los estudios sobre folclore. ¿Cuál de ellos es actualmente el más flagrante y qué medidas considera que habría que tomar para atajarlo?
Si es así, que “puse en evidencia tópicos” frecuentes sobre todo en la manera de recopilar folklore, no lo hice por ir contra nada o nadie, sino que era algo que inevitablemente formaba parte de mi propio proceso de aprendizaje y reflexión acerca de todos estos temas de los que estamos hablando. Por lo tanto nunca me atrevería a “tomar medidas” para “atajar” nada en este campo: decretar ortodoxias y lanzar anatemas constituye una ocupación –en mi opinión bastante estéril- que será mejor dejar a otros, a aquéllos a quienes sí les guste desempeñar esa tarea. Por mi parte, he pretendido más bien aportar que negar, abrir las ventanas a otros posibles modelos de recopilación y estudio del folklore. Y al pretenderlo, sólo me he limitado a hacer que cayéramos en la cuenta –y yo el primero- de ciertas incongruencias, mitificaciones y hasta imposturas que se estaban produciendo en algunas de las aproximaciones más comunes a la cultura popular. En ese sentido, sí me parece una flagrante paradoja que, por un lado, se clame por la preservación de una pretendida pureza de la cultura tradicional y, por otro, al atraer la espectacularidad y el masivo interés turístico sobre ella se la esté alterando sin remedio, convirtiendo lo que la gente hacía y sabía en otra cosa. Que, de una parte, se llore por la desaparición de ciertas formas de vida y, de otra parte, se colabore activamente en el proceso de transformación de las mismas mediante la cosificación de la cultura. En La tradición como reclamo hablo de esto mismo y propongo –siempre en positivo- que además de recopilar, guardar y clasificar cosas, objetos o textos, deberíamos ir desde ellos (o a través de ellos) a las gentes. Ir de las cosas a las gentes y no de las gentes a las cosas, que es lo que más suele practicarse en este terreno.
¿Piensa que el aficionado que se acerca a “estudiar” estos temas hace más perjuicio que beneficio?
No exactamente, que cada uno haga lo que quiera y pueda, pero que no pretenda que hace otra cosa. Lo que debemos plantearnos es si ese “aficionado” está cualificado, precisamente, para “estudiar” sin haber antes estudiado nada. El análisis del folklore no es algo que se pueda hacer sin estudios, como si fuera más fácil que estudiar otras materias: todo lo contrario, por su lugar central en la gestación de la cultura creo que es asunto muy complejo y de difícil interpretación.
Por qué cree que se siguen recogiendo muestras orales: se busca lo exótico en lo cercano, se quiere satisfacer una necesidad de reencuentro con uno mismo, se sigue pensando en que son restos de un paraíso perdido, priman los intereses localistas, los personales o los científicos?
Hay un poco de todo ello, sin duda. Tampoco me parece condenable a priori eso de que primen “los intereses personales” sobre los científicos o, al menos, puedan conjugarse. Ya dije al principio que mi propia trayectoria como investigador (pero tampoco me considero ninguna excepción en eso) tenía bastante de búsqueda personal y de reconocimiento de unas tempranas experiencias subjetivas. Pero todo depende de lo se pretenda estar haciendo o se quiera hacer: si uno se está dedicando a poner en valor posibles mercancías tradicionales o removiendo sentimientos identitarios parece obvio que no por ello -o con ello- “hace ciencia”. Hace otra cosa. Y el primer indicio de un comportamiento o una actitud que aspiren a ser científicos es preguntarse sobre qué es lo que uno está haciendo y por qué, para qué y de qué manera desarrolla su trabajo. Por otro lado, la oralidad no es tan “exótica” como a veces se nos ha pretendido mostrar, ya que -según he escrito en varios lugares y en ello coincido con algo que ya indicaba Zumthor hablando de la poesía oral y la canción de moda- está -como el folklore- mucho más presente de lo que parece en nuestro mundo actual. En todo caso, a mí lo que más me interesa de la creación y transmisión oral de literatura no es lo exótico, identitario o arcaizante que ello pueda resultar. Ni siquiera lo interesante que el conocimiento de esas muestras puede ser para documentar ciertos períodos históricos de una determinada literatura nacional. Lo que encuentro más apasionante como propósito de estudio es conocer algo más, a partir de sus hechos lingüísticos y folklóricos, de esa capacidad de engendrar literatura por parte de la gente, del mismo modo y al mismo tiempo que crea también lenguaje.
¿Qué le parecen los intentos por rehabilitar textos en desuso con la consigna de que la comunidad conozca sus raíces culturales?
Supongo que al hablar de “textos en desuso” se refiere a esos “textos orales” que algunos estudiosos han considerado por definición “no-textos”. O a recopilaciones más o menos antiguas de ellos. Me parece interesante por lo mismo que decía antes. No tanto porque en una comunidad autónoma “se conozcan sus raíces culturales”; pues, además, ¿con qué raíz nos quedaríamos y por qué? Esto de las raíces parece cosa que en pueblos con una historia documentada y por documentar tan larga y azarosa como la nuestra siempre resulta bastante difícil de precisar. Creo de mayor interés que se conozcan otras formas de creación cultural que suelen quedar fuera de los libros de texto y de las aulas, dándose así la equívoca impresión de que cultura son sólo los monumentos y los museos.
¿Y la utilización de la literatura oral para fomentar la afición por la lectura? ¿No chocan estas iniciativas con el carácter paralelo y hasta subversivo de la cultura popular?
Cuando yo fui catedrático de Instituto en Carrión de los Condes y en Soria animé a mis alumnos a hacer encuestas de literatura oral en su propio entorno, lo que nos permitía también -al desplazarnos luego por la provincia- conocer mejor una realidad rural en declive y obtener colecciones de lírica o narrativa populares en áreas culturales bastante extensas. Pero sobre todo les ponía en contacto con la existencia de unos saberes que estaban a su lado o en su casa y con la manera en que se transmitían, que no era identificable con la idea que, desde la enseñanza reglada, se les estaba dando –generalmente- de cultura Descubrían, así, que cultura y literatura podían ser expresiones de lo humano que tenían mucho más que ver con su vida real de lo que hubieran sospechado. Que esos conceptos no pertenecían sólo al ámbito de los libros, las aulas, universidades, y –en definitiva- al mundo de los tenidos por más “cultos”. Averiguaban, por lo tanto, por sí mismos que existen otras formas de aprender y enseñar. Con todo, es verdad que la reflexión última a la que puede llevarnos este descubrimiento resulta algo subversiva en la medida que choca con los conceptos preestablecidos que la “cultura hegemónica” nos impone: especialmente en lo tocante a lo que se entiende por arte, cultura o literatura y a la élite especial de creadores, intelectuales y artistas que –supuestamente- serían los únicos capaces de inventar tales cosas. Es decir, el descubrimiento de la cultura popular llevaría un componente de innovación y subversión –como ya apuntaba Gramsci-, porque nos revelaría que el arte y la cultura pueden funcionar –y de hecho funcionan- de otra manera, al margen e incluso en contra de lo que dictaminan quienes controlan el poder en cada momento.
En su proyecto TRANSCANT analiza los procesos de creación en los juegos infantiles. ¿Esa necesidad del niño por los juegos sociales y orales es innata y constante o podría verse modificada por influencias externas como los nuevos sistemas de comunicación?
Lo que me parece innato y constante es esa programación previa nuestra -en cuanto a proyecto de seres humanos- para ver, nombrar y reconstruir el mundo (o a nosotros mismos) desde la cultura. Y el juego, disfrutar haciéndolo, forma parte de la tarea o el papel para los que –por así decirlo- “estaríamos genéticamente programados”. Es algo que forma parte de nuestro proyecto. Un halcón o un lobo lo son desde el instante en que nacen, nosotros no. Ellos pueden ser enseñados a convertirse en un ave de cetrería o en un perro (en un animal doméstico y adiestrado). Son capaces de aprender mucho, pero no necesitan hacerlo para ser lo que son. Los humanos no lo somos hasta que nos hacemos tales en la cultura, en nuestra cultura. Y nos hacemos humanos jugando y contándonos, lo que no deja de ser, el narrar, un juego estético con las palabras. El problema viene cuando a los chicos se les presenta el aprendizaje y el juego como cosas contrarias, con sus horas y espacios distintos. En lo que atañe a los nuevos sistemas de comunicación, creo que por un lado contribuyen a diluir esas barreras –en el espacio virtual de un ordenador se puede tanto aprender como jugar-, pero también borran los contornos de la experiencia personal, intensamente vivida, que caracterizaba tanto al aprendizaje de conocimientos como al disfrute lúdico en otros tiempos. No creo que los nuevos vehículos de comunicación vayan a cambiar, al menos de forma inmediata, esa “necesidad de juegos sociales y orales”, pero sí alterar (probablemente lo están haciendo ya) las reglas de los mismos. La cultura que envuelve a los más pequeños hoy se encuentra cada vez más desterritorializada, y eso sí que pienso que afecta al modo en que adquieren conocimientos o disfrutan aprendiendo. No es sólo que estemos perdiendo “el sentido de lugar” como decía Appadurai: es que los niños de hoy –en muchos casos- están creciendo “sin el sentido de pertenencia a ningún lugar”. ¿Para qué y para dónde sirve, entonces, lo que aprenden? ¿Les servirá realmente para desarrollarse en el mundo en el que van a tener que vivir? ¿No es el ámbito en que viven un espacio cada vez más espectral?
Como maestros que somos y a la vista de las manipulaciones realizadas hasta la fecha por razones políticas, religiosas, idiomáticas, literarias o morales, continuamente nos replanteamos nuestras intervenciones. ¿Qué posición cree que debe adoptar la escuela en relación con los textos orales infantiles y qué errores cometemos los adultos al interferir en el juego espontáneo de los niños y niñas?
Esto son los educadores los que tienen que decirlo. Preguntarse a sí mismos sobre el sentido y orientación de su trabajo; reflexionar sobre posibles errores. Y parece que ya lo hacéis. Lo importante es, en mi opinión, que sigáis siempre haciéndolo. En cuanto a “la posición que la escuela debe adoptar” respecto a los textos orales, yo creo que, decididamente, abrirse a ellos, a las posibilidades de aprender y jugar con ellos. Tomarlos como un camino seguro a la lectura, pues el lector -y no digamos el escritor- empiezan a distinguir y a gozar de la literatura por el oído, por esas primeras historias que se nos narran. No desterrar esas literaturas que los niños y jóvenes ya están practicando por su cuenta, sino incorporarlas a su aprendizaje global, no creo que sea nada malo. Algunos alumnos de mis cursos –y profesores a su vez- llevan poniendo en práctica desde hace tiempo la recolección de canciones, leyendas y otros géneros entre su alumnado. Y parece que les funciona bastante bien porque -como antes decía- ello propicia que niños y adolescentes se vean a sí mismos como portadores y creadores de cultura, con algo que mostrar, que poner en común, con una historia que contar, aunque no sea la literatura que generalmente aparece en los libros.
¿Qué cantan y a qué juegan los niños de hoy? A nuestro entender, entre los nuevos textos creados por los niños destacan las parodias y, entre adolescentes, el eterno componente erótico. ¿Despuntan otras tendencias?
He publicado bastantes trabajos y libros sobre eso. Junto a las parodias y contrafactas de himnos, canciones de moda y de lo que cantaran los payasos por la tele, o de las típicas poesías más bien “verdes” de los adolescentes, hay otras cosas. Por ejemplo, poemas que son o no son eróticos, pero que presentan un claro regusto popular y hasta de cancionero tradicional, y los adolescentes (sobre todo las chicas) se están transmitiendo a través de las “dedicatorias” que escriben en sus carpetas: todo un folklore invisible o apenas perceptible que se ha difundido en las propias aulas y ante los ojos de los profesores en los últimos años. Y muchos no lo pudieron ver. Luego está la importancia de las llamadas leyendas urbanas –y especialmente las terroríficas- en el cúmulo de narraciones que los jóvenes se transmiten en la actualidad de forma oral o por medio de Internet. Y, desde luego, el humor popular. Y, dentro de él, los chistes, ese filón olvidado y apenas estudiado ni recogido por los estudiosos del folklore en España.
Sobre la creación de los textos tenemos un par de preguntas: ¿El anonimato del autor es voluntario o son agentes externos (usuarios, paso del tiempo, intereses) los que lo producen? ¿Puede considerarse el texto oral como una creación colectiva o ese es otro mito falto de base?
Creo que puedo contestar a estas dos preguntas de forma breve y contundente, basándome en todo lo que he dicho con anterioridad: en las creaciones literarias del tipo de las que venimos hablando la cuestión no es si hay autor o no, autor-legión (que decía Menéndez Pidal), o autores que prefieren quedar en el anonimato. Lo que tenemos que entender es que “no importa el autor”, porque el concepto de autoría, de autor único -y la importancia de serlo- están fuera de la esfera de comunicación donde comúnmente se producen las creaciones consideradas como populares. Y en cuanto a lo segundo, queda bastante claro que mi opinión es en esto “romántica”: creo que hay una literatura colectiva, que los textos homéricos y tantos otros lo son, que –según señalara Van Gennep- ya había marineros que contaban historias sobre cíclopes cuando uno o muchos homeros las oyeron, las recogieron y las volvieron a escribir. Como José-Carlos Mainer señalaba en el prólogo a un libro mío, mi “programa intelectual” –si es que de verdad lo tengo- comparte conscientemente mucho de “romántico” y mucho de “ilustrado”. De los primeros –los románticos- la apertura a lo que por diferente fue visto como exótico, fuera y dentro de la propia cultura; de los segundos –los ilustrados- la convicción de que el conocimiento humano y de lo humano a través de la cultura puede transformar el mundo. La antropología recoge esa herencia, precisamente, en lo que tiene de gran proyecto “humanizador”. Y ésa es la visión de la antropología que a mí me interesa. No la antropología como exotismo, sino como conocimiento de lo humano capaz de ayudar a transformar positivamente lo que ser humanos significa.
¿Qué futuro inmediato ve en estos temas en cuanto a las costumbres de la gente y a los estudios acerca de las mismas?
Nada mejor que las historias que se cuenta la gente para enseñar qué es o no es literatura. Nada más potente que las narraciones que somos capaces de inventar y creernos para cambiar o transformar el mundo. Es un hecho que todo esto sucede así. Lo que hay que procurar es acertar. Que sea para bien.
Entrevista realizada por Juan Ignacio Pérez (juanignacioperez@weblitoral.com)
© Asociación LitOral, mayo 2008