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Carlos Silveyra

"La palabra frontera me molesta, me duele, me irrita, coarta mi libertad de transitar por este mundo que, nos coloquemos donde nos coloquemos, nació sin fronteras"

 

Carlos Silveyra, investigador de la oralidad en Argentina, nos ha enseñado tanto con sus trabajos que lo sentimos como de casa. Sin ir más lejos, su libro “Canto rodado. La literatura oral de los chicos” (Santillana-Argentina, 2001) tiene un lugar de privilegio en la biblioteca de LitOral.
Recoge y anilla los textos orales que revolotean entre los más jóvenes, especies “en peligro de expansión” entre las que se encuentran el chascarrillo (ave vieja que vuelve cada cierto tiempo con plumaje renovado), el verso humorístico (auténtica ave de paraíso), el tantán (de costumbres repetitivas e hiperbólicas), el acertijo (pájaro enigmático donde los haya) o el trabalenguas (rara familia emparentada con el papagayo).
Estas formas han venido en ocasiones a sustituir a los viejos textos de tradición oral, aunque desempeñando las mismas funciones que antaño: comunicación, socialización, jerarquía, juego, memoria... Un terreno en el que, dicho sea de paso, Carlos Silveyra aparece como gran especialista.
Nuestro paseo virtual sirvió para seguir aprendiendo mientras borrábamos algunas de esas fronteras que nada le gustan. Todo un placer descubrir de su mano un material que muchos desprecian como objeto de estudio.

¿Qué significa para ti la tradición oral?

A decir verdad, me interesa más el término “oral” que el término “tradición”. Me importa más qué textos anónimos dicen los niños de hoy que si ese texto lo podemos rastrear en Lope de Vega o en la literatura del romanticismo francés. Mi preocupación pasa por rescatar TODO lo que se dice AHORA. Otros excelentes colegas (recientemente Ana Pelegrín, Pedro Cerrillo, etc., más atrás Demófilo, Arturo Medina, Carmen Bravo Villasante, etc.) han abordado con resultados espléndidos esa línea de trabajo. Sentí que alguien debía hacer un corte diacrónico, para poder incluir textos que dicen los niños y que pertenecen a especies nuevas, inexistentes hace 100 o 50 años. Por idénticas razones, escapo en mis trabajos a la denominación lírica de tradición infantil. Porque no quiero ocuparme sólo de la lírica. En la lírica no caben los Telones u Obritas de teatro, por ejemplo.

¿Desde qué punto de vista te gusta valorarla: afectivo, intelectual, histórico, literario (estético)...?

Me interesa, en primer lugar, como literatura. Como textos con intencionalidades estéticas y que presuponen un receptor, que en este caso de la literatura folclórica, luego será difusor. En segundo lugar me gusta valorarla desde la perspectiva intelectual: sigo asombrándome con la riqueza sensible e intelectual de estos materiales provenientes, muchas veces, de poblaciones aisladas geográficamente, a veces iletradas. No obstante, es bueno señalar que este folclore, que hasta mediados del siglo XX fue predominantemente rural, hoy es eminentemente urbano. En la Argentina actual, por lo general el “gaucho” vive en los pueblos o pequeñas ciudades...

Ya que tu trabajo se centra en las producciones orales que aún siguen vivas de forma espontánea, ¿qué motivos crees que hacen desaparecer ciertas formas y mantienen o hacen nacer otras?

silveyra1A veces creo saberlo. En otras no hallo explicación. Creo que las razones pueden ser muchas, y no siempre las mismas. Hay especies (o piezas literarias, por ejemplo una adivinanza determinada) que quedan fuera de época. Por ejemplo, ¿qué niño de hoy puede ser difusor de una adivinanza cuya respuesta sea el miriñaque o la máquina de escribir o el telégrafo? Eso sucedió con los aguinaldos, unos poemitas que se decían para recibir alguna golosina o moneda por el Año Nuevo. Esta especie se desplazó a la Primera Comunión (cuando se tomaba exclusivamente los 8 de diciembre) y luego fue reemplazada por la estampita impresa (podríamos decir que la mató la imprenta). En los chistes, algunos mueren de ingenuidad. Simplemente ya no hacen reír, no son eficaces. De paso digo que esta cuestión de la eficacia me parece central. Cuando niño, por ejemplo, solía usar un conjuro para pasar los exámenes escritos escolares con éxito (“Santo Pilatos”). Cuando advertí que el éxito o el fracaso no guardaban relación con ese pequeño poema sino con lo que había estudiado o dejado de estudiar, dejé de decir ese conjuro y, por lo tanto, dejé de enseñárselo a otros compañeros que no lo conocían. A veces surgen especies, creo, simplemente por la fuerza, la sorpresa del recurso. Hace un par de años atrás, algunos niños de Buenos Aires solían decir: Juan es rubio, Mariano Moreno. (El chiste funciona sobre el conocimiento de que Mariano Moreno fue un prócer muy importante en el movimiento que terminó con el colonialismo español). Sería como decir en España, Juan tiene un vaso, Ana Botella. Hoy esta especie parece haber desaparecido entre nosotros.

¿Hay, pues, una literatura de tradición oral trasnochada y otra viva? ¿Qué te parece el rescate y la puesta en valor de aquella que ya no se practica?

Lo dicho: merece ser estudiada, como lo ha sido y lo sigue siendo, por especialistas de gran nivel como los ya mencionados. Digo que no debemos hacer sólo este tipo de estudios.

En tu trabajo de campo, ¿qué tipo de textos te sorprenden más y por qué?

Siempre me asombran los juegos polisémicos. Pertenezco a una generación que se alimentó con las greguerías de Gómez de la Serna; que abrió los ojos para mirar de otro modo la literatura infantil de la mano de Rodari. Y, en mi país, crecimos junto a María Elena Walsh, que es como decir junto a Edward Lear, Raymond Queneau, René Goscinny o Jacques Prévert. En mi juventud releía hasta borrar las letras de las piezas de Jarry y de Arrabal.

¿Dónde te has encontrado con el texto que nunca imaginaste que ibas a hallar?

silveyra 2En una librería de viejos, en Buenos Aires, me encontré un texto mecanografiado de LOS DÍAS GENIALES O LÚDRICOS de Rodrigo de Caro. El ejemplar perteneció a Berta Vidal de Battini, una enorme estudiosa de la literatura oral de mi país, en especial de la narrativa. Es una copia de folios encuadernados, sacada con papel carbónico (por lo tanto deben existir otras copias, probablemente).

¿Cómo planteas tu trabajo de campo?

En esto he ido variando muchísimo. Al principio recopilaba recorriendo escuelas, aprovechando un trabajo como capacitador de docentes en ejercicio que tenía en la Secretaría de Educación de mi ciudad. Tenía que visitar escuelas y hacer actividades, que podríamos llamar de taller de escritura, con los niños. Así empecé a reunir pequeños textos de los cuales no apuntaba ni nombre ni edad. Nada de nada. Lo único válido era que me fuera dicha o escrita por un niño argentino. Algunos años después me pidieron de algunas revistas infantiles (que en Argentina tienen enorme difusión) pequeñas recopilaciones. Se me ocurrió hacer cada semana una recopilación de una especie distinta. Así hice de adivinanzas, colmos, trabalenguas, chistes, etc. Siempre pedía, en un pequeño recuadro, que los lectores mandaran nuevas adivinanzas, colmos, trabalenguas, las que ellos supieran. Así pasé a recopilar montañas de papeles, a veces bonitos e ilustrados, otras pringosos y ajados. Casi exclusivamente manuscritos, cargados de faltas de ortografía, muchas veces que terminaban con un “te quiero mucho”.
Una buena respuesta, pues, por parte de los jóvenes informantes...
Esta manera de reunir materiales tiene la ventaja, diría que a estas alturas creo que se ha vuelto imprescindible, de ser totalmente voluntaria. Ningún lector está obligado a responder al convite. En algún caso sorteamos libros entre los informantes, en otros prometimos usar esos materiales en nuevas recopilaciones, finalmente en muchos otros casos no hubo incentivo alguno.

¿Qué paralelismos y divergencias existen entre los textos que sobreviven en España y en Latinoamérica?

Cada vez más la globalización nos va fundiendo (tal vez en un sentido más amplio). Por cierto, es muy bueno compartir la cultura. Pero también es cierto que, desgraciadamente, se van borrando las individualidades. En 1984 encontré el mismo colmo en una revista para niños de Italia, en Astrapi (Francia), me lo dijo un amigo español en Madrid y también me lo refirió un niño en Argentina. Es decir, que cada vez son más las similitudes de contenidos. Lo que nos sigue diferenciando es el léxico.

Nuestra web se sitúa en una frontera geográfica (el Estrecho de Gibraltar) y en otra temporal (siglos XX y XXI). ¿Qué te sugiere la palabra frontera desde el punto de vista cultural?

silveyra 3En el fondo de mi corazón la palabra frontera me molesta, me duele, me irrita, coarta mi libertad de transitar por este mundo que, nos coloquemos donde nos coloquemos, nació sin fronteras. Las fronteras son un invento de los hombres, un invento tan pero tan bien hecho que hasta nos creemos que son naturales, que siempre estuvieron allí. Las fronteras, me parece, tienen mucho que ver con la avaricia de los países que se enriquecieron a costa de otros. Para ver la obra de sus antepasados, un griego o un egipcio deben pagar su entrada en el Museo del Louvre... Si no, no entran. Deben pagar para ver aquello que fue propio. Eso es una frontera. Vivo en un país lleno de injusticias, donde sobrevivir es afrontar penurias. Sin embargo, aún en los peores momentos, fue posible encontrar libros de Gabriel Celaya, de Unamuno o de Saramago en las librerías. Puedo ir a escuchar a Rosa Regàs en una conferencia o asistir a un recital de Sabina. Tal vez esto es ser país dependiente. Nunca he conseguido que uno de mis 35 títulos publicados se comercialice en España. No es el lector español quien decide, hay otros que dicen “con esta sí,/ con ésta no;/ con esta señorita/ me caso yo”.

Tu labor divulgativa se centra en la docencia, la edición y la participación en foros especializados. ¿Qué opinión te merecen otras iniciativas: cuentacuentos, intérpretes musicales, festivales, etc.?

Adoro la narración oral, tanto como la lectura en voz alta. Gracias a Serrat, muchos jóvenes de entonces conocieron a Miguel Hernández. Y gracias a Paco Ibáñez digerimos a Góngora sin taparnos las narices. ¡Cómo no voy a estar a favor de ellos! A mi me gusta mucho, aunque pocas veces lo hice, organizar sesiones donde leo y narro. Algún texto prefiero leerlo, para conservarle la música a las palabras, y otros los narro porque quiero focalizar en la historia...

Has apostado por impulsar talleres de creación literaria para mantener vivos estos textos orales ¿Podrá ser la escritura la que reanime a la oralidad después del papel contrario que jugó en su momento?

La escritura no reanimará a la oralidad. Somos los seres humanos, con ciertas decisiones tomadas a tiempo y sin miedo, quienes la reanimamos mediante la escritura. En nuestro tiempo la escritura conserva cierto halo, todavía es muy bien vista por los hombres y las mujeres. Entonces muestro los mecanismos de la literatura oral y uso la escritura para dar testimonio de lo creado.

¿Qué otros proyectos tienes en este sentido?

En este momento, por muy diversas razones, estoy más conectado con mi escritura de ficción y con el estudio y la enseñanza de la literatura infantil y juvenil, que después de todo es mi especialidad, que con el recorte que supone la literatura oral. Dicho más claramente, me estoy preguntando mucho por el niño como receptor de textos ficcionales, cuánto agrega de sí para significarlos y por qué. También a esta altura de mi vida empiezo a dar prioridad a enseñar lo poco o mucho que aprendí.

¿Alguna anécdota o experiencia que te anime a seguir realizando este trabajo?

Los libros en los que he reunido mis recopilaciones me han dado sorpresas. Cierta vez llegó a la editorial una carta desde Japón. Se trataba de una argentina que compró, a último momento, unos libros para leerle a su hija en los vuelos que la llevarían desde Buenos Aires hasta Tokio. Estaba emigrando. Y en la carta, escrita desde un hotel de Tokio, me cuenta que lloró mucho leyendo mi libro. Porque leía su historia, lo que quedaba atrás. También gracias a los trabalenguas trabé relación con un señor austríaco que los coleccionaba porque, como pasatiempo, se enseñaba español. Y descubrió que los trabalenguas en lengua castellana servían para aprender ciertos matices de pronunciación de nuestro idioma. Habrán visto que mis recopilaciones se publican en libros por especies. Así hay un pequeño libro para trabalenguas, otro para adivinanzas, otro para “Qué le dijo”, etc. Sucede que, por lo menos de esta orilla, no necesariamente a un niño que le gustan las adivinanzas le interesen los “Cómo se dice...” Los niños suelen ser entusiastas de especies aisladas. Somos los adultos quienes buscamos que el libro de folclore infantil sea, como dicen ustedes en una bonita expresión, un cajón de sastre.

 

Entrevista realizada por Juan Ignacio Pérez (juanignacioperez@weblitoral.com)

© Asociación LitOral, Septiembre 2005

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